El fuego que no consume, sino que transforma

    Vivimos en una cultura obsesionada con los atajos y las soluciones rápidas. Bajar de peso sin hacer ejercicio. Que la inteligencia artificial haga el trabajo. Construir relaciones a través de mensajes directos. Muy a menudo, queremos cambios sin sacrificio. Progreso sin proceso. Crecimiento sin dolor.

  Sin embargo, la verdadera transformación no funciona así, y menos cuando es de la mano de Dios.

   La madurez espiritual no se cocina en microondas. Se forja lentamente en el fuego del amor refinador de Dios: un proceso no lineal que requiere tiempo, rendición y gracia. No existe una fórmula fácil o un atajo para llegar a la santidad.

  Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán que murió resistiendo al nazismo, contrastó de manera célebre la "gracia barata" con la "gracia costosa." La gracia barata, decía, es el perdón sin arrepentimiento, la bendición sin obediencia, la salvación sin rendición. Es la vida cristiana "fácil", que no exige nada, y por tanto, no transforma nada.

  Pero la gracia costosa nos llama a seguir verdaderamente a Jesús. No negocia con el pecado: lo confronta. Nos cuesta el orgullo, la autonomía y hasta nuestros propios planes. Pero a cambio, nos entrega lo único que realmente vale la pena: a Cristo formándose en nosotros. Bonhoeffer lo dijo con fuego: "Lo que a Dios le ha costado mucho, no puede ser barato para nosotros." 

 En el versículo 9 del pasaje de hoy, el profeta Zacarías nos ofrece una imagen vívida de este proceso. Dios habla de refinar a su pueblo infiel "como se refina la plata" y de probarlos " como se prueba el oro." Esta es una imagen hermosa, pero también profunda. El refinamiento no es suave. Involucra calor, intensidad y fuego.

  " ¡Vamos, espada, ataca al pastor! ¡Ataca a mi amigo de confianza! ¡Ataca al pastor, y se dispersarán las ovejas! Entonces yo descargaré mi mano sobre los corderos más pequeños. Sucederá entonces que en toda la tierra las dos terceras partes serán destruidas, y se perderán; pero la tercera parte quedará con vida. Entonces echaré al fuego esa tercera parte, y la fundiré como se funde la plata; ¡la probaré como se prueba el oro! Ellos invocarán mi nombre, y yo les responderé con estas palabras: Ustedes son mi pueblo, y ellos me dirán: El Señor es nuestro Dios." (Zacarías 13:7-9).

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