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La paz que triunfa en el caos

   Juan relata que los discípulos obedecieron a Jesús y subieron a la barca. No estaban huyendo ni desobedeciendo; estaban siguiendo una instrucción clara. Y aun así, la tormenta llegó. Esto nos enseña algo importante desde el inicio: obedecer a Cristo no nos libra de las dificultades, pero sí nos coloca bajo su cuidado.     La noche cayó, el viento se levanto y el lago se volvió peligroso. Los discípulos remaban con esfuerzo, avanzando poco y cansándose mucho. Jesús no estaba con ellos en la barca y esa ausencia aparente intensificó el miedo. A veces, lo más difícil de la tormenta no es el viento, sino la sensación de que Dios está lejos.    Pero Jesús nunca perdió de vista a los suyos.  Cuando el caos parecía dominarlo todo, Jesús se acercó caminando sobre el agua. No calmó la tormenta primero; se reveló a sí mismo en medio de ella. Su autoridad no se muestra solo cuando las aguas están tranquilas, sino cuando él camina sobre aquello que amenaza con ...

Cuando lo poco es suficiente en manos de Dios

    Jesús ve a la multitud que se acerca y sabe que tiene hambre. No es una sorpresa ni un problema fuera de control. Antes de que alguien diga una palabra, él ya conoce la necesidad. Entonces se dirige a Felipe y le hace una pregunta: " ¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente?". Juan aclara algo importante: Jesús ya sabía lo que iba a hacer. La pregunta no era por falta de respuesta, sino para enseñar.   Felipe responde con honestidad. Hace cuentas y reconoce que no alcanza. Andrés también dice la verdad: lo poco que hay no es suficiente para tanta gente. Ambos miran la situación tal como es, pero se quedan allí. Ven el problema, pero no ven aún a Dios actuando en medio de él.   Jesús hace algo distinto. No pide más recursos ni busca una mejor estrategia. Primero pide que la gente se siente. En medio de la necesidad, introduce calma y orden.   Luego toma lo poco que hay, da gracias y comienza a repartir. El milagro no empieza con la multiplicación, ...

La última parte del sufrimiento

    Treinta y ocho años son tiempo suficiente para que el sufrimiento deje de ser una crisis y se convierta en una forma de vida.    Para el hombre del pasaje de hoy, la enfermedad ya no era solo una condición física; era el marco desde el cual entendía al mundo y a sí mismo.  Postrado junto al estanque de Betzatá, el hombre vivía esperando una oportunidad que nunca llegaba. Cuando el agua se agitaba, necesitaba que alguien lo ayudara a entrar, pero siempre otra persona descendía antes que él. La posibilidad de sanidad estaba allí, pero no podía alcanzarla por sí mismo.   Sin embargo, Jesús lo ve.  Él no pasa de largo. No lo confunde con la multitud. Lo ve con toda su historia encima. Y entonces le hace una pregunta que no busca información, sino verdad:    " ¿ Quieres quedar sano?"     No porque Jesús ignore su dolor,sino porque el sufrimiento prolongado puede erosionar el deseo.  Después de tantos años, uno puede aprende...

Una palabra basta

     Desde el principio, Dios ha revelado su poder de manera sorprendentemente sencilla: " hablando." En Génesis, no lucha, no discute, no ensaya. Dios dice... y lo que no existía comienza a existir. La creación responde a su voz sin resistencia.    Sin embargo, cuando el dolor nos alcanza, esa verdad resulta difícil de creer.  Un funcionario real llega a Jesús con una necesidad concreta y urgente: su hijo está muriendo. Él no viene a debatir ni a aprender; viene porque ya no tiene alternativas. Su petición es clara: quiere que Jesús vaya con él. Necesita cercanía, presencia física, una intervención visible. Para él, el poder de Dios parece depender de la distancia.    Jesús responde de un modo que desarma esa lógica. No va. No acompaña. No toca al niño.   Solo habla: "Vuelve a casa. Que tu hijo vive."    No hay pruebas inmediatas. No hay señales que confirmen la promesa. Solo una palabra. Y el texto dice algo decisivo: el hombre cr...

El milagro comienza donde el vino se acaba

   Todo milagro comienza con una pérdida. No con fe abundante ni con recursos suficientes, sino con un límite que ya no puede ocultarse.    En Caná, el vino se había acabado. Y con él, la ilusión de control. No había estrategia, excusa ni esfuerzo capaz de revertirlo. La verguenza ya estaba servida. En ese momento, cuando nada más puede hacerse, es precisamente cuando Dios elige revelarse.   Jesús no transforma el vino existente. No lo mejora. No lo extiende.   Lo que hace es más radical: transforma el agua en vino. Y no cualquier agua, sino la destinada a la purificación ritual. Tinajas creadas para limpiar lo externo se convierten en recipientes de gozo. Como si el reino estuviera anunciando algo nuevo: la limpieza ya no vendrá por ritual, sino por gracia; la plenitud ya no dependerá del esfuerzo humano, sino de la intervención divina.    Este milagro no solo resuelve una crisis doméstica. Revela una lógica distinta.   En el Reino de Dios, ...

Yo creo en el Hijo: el Rey que regresa

   Después de la resurrección, los discípulos todavía tenían preguntas. Querían saber tiempos, fechas, desenlaces. Querían certezas inmediatas. Y en lugar de responderles con un calendario, Jesús les ofrece algo mejor: una promesa y una misión.   El pasaje de hoy nos sitúa en un momento lleno de tensión y esperanza. Jesús habla con sus discípulos por última vez antes de ascender. Ellos miran al cielo, intentando comprender lo que ocurre, mientras el Señor es elevado y una nube lo oculta de una visión. No es una despedida común. Es una entronización silenciosa. Aquel que fue crucificado y resucitado ahora es exaltado.   La ascensión de Jesús nos recuerda que la historia no quedó inconclusa. Cristo no desapareció ni se retiró. Él reina. Está vivo, glorificado y ejerciendo autoridad. Desde allí, gobierna sobre la historia, las naciones y aún sobre los momentos que hoy nos resultan confusos o inciertos. Saber donde está Jesús ahora cambia la manera en que vivimos aquí. ...

Yo creo en el Hijo, crucificado y resucitado

   Hay verdades que sostienen la fe y hay verdades sin las cuales la fe simplemente no existe. La cruz y la resurrección pertenecen a esta última categoría. No son un detalle del cristianismo ni un símbolo inspirador entre muchos otros. Son el corazón mismo del evangelio. ¡Todo converge aquí!   El apóstol Pablo no deja margen para ambiguedades. Si Cristo no resucitó, dice, entonces la fe es ilusoria, la predicación es vacía y la esperanza se desmorona. Sin la resurrección, Jesús no sería más que otro maestro admirable derrotado por la muerte. Pero Pablo escribe con convicción porque sabe que la tumba no tuvo la última palabra.   La cruz nos revela algo profundamente desconcertante: el amor de Dios expresado a través del sufrimiento voluntario del Hijo. Jesús no fue sorprendido por la cruz ni arrastrado a ella en contra de su voluntad. En la cruz, Dios mismo entró en nuestra oscuridad, cargó con el peso del pecado y asumió aquello que no podíamos soportar. Allí, ...