Una oración sin palabras
Muchos de nosotros hemos experimentado ambientes de iglesia llenos de sonido: música vibrante, voces elevadas y oraciones apasionadas. Y no hay nada malo en ello. La adoración expresada con alegría puede ser hermosa. Sin embargo, a veces podemos llegar a creer, sin darnos cuenta, que las palabras más fuertes son las que captan la atención de Dios. Ana sabía que no era así. Cuando la encontramos en el pasaje de hoy, lleva años cargando con una profunda tristeza. El anhelo de tener un hijo y las heridas acumuladas por la espera habían agotado su corazón. Una vez más, llega al templo en busca del Señor. Entonces ocurre algo extraordinario. Ana ora, pero nadie puede escucharla. Sus labios se mueven, pero no sale ningún sonido. Su dolor es tan profundo que las palabras parecen quedarse cortas. Elí observa la escena y la interpreta mal. Piensa que está ebria. No imagina, que delante de sus ojos, está ocurriendo uno de los encuentros más since...