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Yo creo en el Hijo: el Rey que regresa

   Después de la resurrección, los discípulos todavía tenían preguntas. Querían saber tiempos, fechas, desenlaces. Querían certezas inmediatas. Y en lugar de responderles con un calendario, Jesús les ofrece algo mejor: una promesa y una misión.   El pasaje de hoy nos sitúa en un momento lleno de tensión y esperanza. Jesús habla con sus discípulos por última vez antes de ascender. Ellos miran al cielo, intentando comprender lo que ocurre, mientras el Señor es elevado y una nube lo oculta de una visión. No es una despedida común. Es una entronización silenciosa. Aquel que fue crucificado y resucitado ahora es exaltado.   La ascensión de Jesús nos recuerda que la historia no quedó inconclusa. Cristo no desapareció ni se retiró. Él reina. Está vivo, glorificado y ejerciendo autoridad. Desde allí, gobierna sobre la historia, las naciones y aún sobre los momentos que hoy nos resultan confusos o inciertos. Saber donde está Jesús ahora cambia la manera en que vivimos aquí. ...

Yo creo en el Hijo, crucificado y resucitado

   Hay verdades que sostienen la fe y hay verdades sin las cuales la fe simplemente no existe. La cruz y la resurrección pertenecen a esta última categoría. No son un detalle del cristianismo ni un símbolo inspirador entre muchos otros. Son el corazón mismo del evangelio. ¡Todo converge aquí!   El apóstol Pablo no deja margen para ambiguedades. Si Cristo no resucitó, dice, entonces la fe es ilusoria, la predicación es vacía y la esperanza se desmorona. Sin la resurrección, Jesús no sería más que otro maestro admirable derrotado por la muerte. Pero Pablo escribe con convicción porque sabe que la tumba no tuvo la última palabra.   La cruz nos revela algo profundamente desconcertante: el amor de Dios expresado a través del sufrimiento voluntario del Hijo. Jesús no fue sorprendido por la cruz ni arrastrado a ella en contra de su voluntad. En la cruz, Dios mismo entró en nuestra oscuridad, cargó con el peso del pecado y asumió aquello que no podíamos soportar. Allí, ...

Yo creo en el Hijo: Dios con nosotros

    La encarnación no es una verdad reservada a una estación del año ni un recuerdo que evocamos solo en Navidad. Es una realidad viva, profunda y permanente, que sostiene toda nuestra fe y transforma la manera en que entendemos a Dios, al mundo y a nosotros mismos. Es por eso que , hoy volvemos al prólogo del evangelio de Juan y nos detenemos, con reverencia, ante estas palabras que  nunca se agotan:    " El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros."  Antes de hablar de lo que Jesús hizo por nosotros, la Escritura nos invita a contemplar quién es él. Juan nos presenta a Jesús como la luz verdadera que vino al mundo, la misma luz por medio de la cual todo fue creado. Y, sin embargo, esta luz fue rechazada, ignorada y no reconocida por muchos. El contraste es asombroso: el Hijo de Dios entra en su creación, pero la creación no lo recibe.   Aquí se revela el corazón del evangelio. Dios no envió simplemente un mensaje desde el cielo. No delegó la salv...

Yo creo en Dios, Padre Todopoderoso

   La primera afirmación de nuestra fe abre el camino a todo lo demás: " Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra."     Es una declaración sencilla y, sin embargo, infinita. En pocas palabras, nos sitúa en la realidad más grande que existe: nos dice quién es Dios y, a la luz de eso, quiénes somos nosotros en él. No es una frase ligera ni decorativa; es un cimiento. Como escribió A.W. Tozer: lo que pensamos acerca de Dios determina el curso de toda nuestra vida, porque de esa imagen nacen nuestras decisiones, nuestros temores y nuestra esperanza.   Vivimos en una época de espiritualidad a la carta, donde muchos toman fragmentos de aquí y de allá para construir creencias a su medida. En medio de esa confusión, necesitamos volver una y otra vez a la Escritura, donde el Dios verdadero no es mera imaginación, al contrario, es revelación. Él no es una fuerza impersonal ni una energía difusa, sino un Dios vivo, que habla, que actúa, que h...

Yo creo en la historia de Dios

    Gran parte de lo que creemos saber sobre el mundo no proviene de la experiencia directa, sino de la confianza. Confiamos en el testimonio de quienes estuvieron antes que nosotros. Confiamos en la palabra de los historiadores, aunque no hayamos presenciado los hechos. Confiamos en mapas que nunca hemos recorrido por completo. Así, más de lo que imaginamos, vivimos apoyados en la confianza y en el testimonio de otros.    Reconocer esto es crucial porque nuestras creencias no son neutras. Lo que creemos da forma a cómo vivimos. Moldea nuestras decisiones, define nuestras esperanzas, alimenta nuestros temores y orienta nuestros hábitos. Creer no es un acto pasivo: es el marco desde el cual interpretamos la realidad y nos relacionamos con el mundo. Todos, sin excepción, vivimos dentro de una red de creencias.   Por eso es tan importante detenernos y examinar con honestidad en qué creemos... y por qué lo creemos. Especialmente como creyentes.  En el pasaje de...

Relación versus interacción

   Nuestra cultura habla constantemente de la importancia de la comunidad, pero muchas veces lo que encontramos no es más que una conexión superficial. Aunque la tecnología nos conecta globalmente, con frecuencia nos desconecta de quienes están más cerca de nosotros.   La conexión sin verdadera comunidad puede dejarnos con un sentimiento de soledad. Sin embargo, la Biblia nos ofrece una solución: al seguir a Jesús, somos integrados en una nueva comunidad que Dios está formando: la Iglesia.    Para los primeros creyentes, seguir a Jesús no era un asunto individual. Significaba estar profundamente comprometidos unos con otros: comían juntos, adoraban juntos y compartían sus vidas. El cristianismo no es simplemente un sistema de creencias que guardamos en privado; es una invitación a pertenecer a una comunidad que transforma vidas.    Los sociólogos distinguen entre "lazos fuertes" y "lazos débiles" en las relaciones humanas. Los lazos débiles son conocid...

Compasión versus lástima

  Cuando Jesús se encontraba con personas que sufrían, no se limitaba a predicarles ni a darles instrucciones sobre cómo mejorar su vida. Tampoco las reprendía ni las miraba con lástima. El pasaje de hoy nos dice que Jesús "tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor."     ¿Alguna vez te has sentido agobiado o desamparado? Bueno, quiero recordarte que Jesús no te ignora, no te mira con lástima ni te dará una lección por sentirte así. Él tiene compasión por ti.   La palabra griega que se traduce como " compasión", en este pasaje, describe una emoción profunda, un sentimiento que nace desde el centro del corazón. La compasión de Jesús no era un simple impulso momentáneo; era una fuerza que lo movía a actuar con amor y propósito. Jesús no solo veía las necesidades, él las atendía.    Esto contrasta profundamente con la lástima. La lástima observa desde la distancia y siente pena por la persona, pero no se invol...