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Si tienes vergüenza

   Hay una diferencia entre lamentar algo que hiciste y creer que hay algo malo en ti. La culpa dice: "Hice algo malo." La verguenza susurra algo mucho más cruel: "Yo soy lo malo." Y esa voz es casi tan antigua como la humanidad.  Después de desobedecer a Dios, Adán y Eva hicieron algo que seguimos haciendo hasta hoy: se cubrieron y se escondieron. En cuestión de instantes, la libertad que habían disfrutado delante de Dios se convirtió en miedo. Ya no querían ser vistos.  La verguenza todavía hace eso con nosotros.  Nos convence de que si alguien conociera lo que hicimos, lo que nos hicieron, lo que pensamos o aquello que intentamos ocultar, dejaría de amarnos. Entonces buscamos nuestras propias hojas de higuera: logros, apariencias, sonrisas que dicen que todo está bien, versiones cuidadosas construidas de nosotros mismos.  Pero en medio del jardín ocurre algo precioso.  Dios pregunta: "¿Dónde estás?" Él sabía perfectamente dónde estaban. La pregunta ...

Si te sientes sin amor

   Desde que llegamos al mundo, llevamos dentro un profundo deseo de ser amados. Basta con mirar a un recién nacido, buscando unos brazos que lo sostengan. Desde muy temprano necesitamos saber: " Te veo. Te quiero. Me alegra que estés aquí."   Los años pasan, pero ese anhelo permanece. Solo aprendimos a esconderlo mejor.  Fuimos creados por un Dios que no sólo ama, sino que es amor. Por eso duele tanto sentir que nadie nos conoce de verdad o que nuestra presencia no es importante para nadie.  Y resulta extraño: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tantas personas se sienten profundamente solas. Podemos tener cientos de contactos, recibir mensajes durante todo el día y, aun así, preguntarnos a quién llamaríamos en medio de la noche si el corazón se nos rompiera. Incluso las personas que nos aman pueden fallarnos. Están cansadas, ocupadas, heridas también. Y cuando esas ausencias se acumulan, una mentira puede comenzar a instalarse silenciosame...

Si te sientes sin esperanza

  Hay temporadas en las que la vida se siente como arena movediza. Aquello que parecía firme comienza a ceder bajo nuestros pies y, entre malas noticias, preocupaciones económicas, desastres naturales y la incertidumbre del futuro, podemos llegar a preguntarnos si todavía queda algo seguro a lo que aferrarnos.   Quizá por eso hablamos tanto de esperanza. Esperamos que las cosas mejoren; que llegue una respuesta; que alguien que amamos se recupere. Pero muchas veces llamamos "esperanza" a lo que, en realidad, es un deseo: queremos que suceda algo que no podemos controlar. Y cuando no sucede, nuestro corazón se desalienta.   La esperanza de la que habla la Biblia es totalmente diferente.   En el pasaje de hoy, Pablo nos lleva hasta Abraham, un hombre a quien Dios prometió una descendencia cuando, humanamente, ya no parecía posible. Abraham conocía su realidad. Sabía que su cuerpo había envejecido y que Sara no podía tener hijos. Su fe no consistió en negar lo impo...

La vanidad de la juventud

   Cuando somos jóvenes, el tiempo parece abundante.  Pensamos que habrá tiempo para tomar ciertas decisiones, cambiar algunas cosas, acercarnos más a Dios o hacer aquello que sabemos que realmente importa. No necesariamente rechazamos a Dios; simplemente pensamos que podemos dejarlo para después.   Pero Eclesiastés nos dice: "Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud" (Eclesiastés 12:1).   La juventud puede hacernos olvidar que algo sabemos, pero que preferimos no pensar demasiado: nuestras fuerzas no durarán para siempre.  El Maestro utiliza imágenes muy potentes para describir el paso de los años. Habla de manos que tiemblan, cuerpos que se encorvan, ojos que ya no ven como antes y temores que surgen en el camino. No lo hace para que tengamos miedo de envejecer. Simplemente nos recuerda que el tiempo pasa y que nuestro cuerpo también cambia.   Y quizás una de las vanidades de la juventud está precisamente ahí: creer que, porque hoy tenemos ...

La vanidad del conocimiento

    Vivimos en una época en la que podemos aprender casi cualquier cosa en cuestión de segundos. Basta con hacer una búsqueda o preguntarle algo a una inteligencia artificial para tener a nuestra disposición una enorme cantidad de información.    Y eso puede ser algo muy bueno. Dios nos dio una mente para pensar, aprender, descubrir y crecer en sabiduría.  Para saber más no siempre hace que la vida sea más sencilla.  Esto también lo descubrió el Maestro del pasaje de hoy. Se dedicó a "explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo." Quería comprender la vida y llegó a acumular una gran sabiduría y un gran conocimiento.  Sin embargo, cuánto más observaba, más consciente se hacía de todo aquello que no podía resolver.  Por eso escribió: "Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta" (Eclesiastés 1:15).  Hay cosas que podemos estudiar durante años y aun así no comprender completamente. Podemos saber mu...

La vanidad de la belleza

  Es fácil dedicar más tiempo a nuestra apariencia de lo que nos gustaría admitir.  Nos miramos al espejo, nos comparamos con otras personas y pensamos en aquello que quisiéramos cambiar. Y hoy tenemos imágenes delante de nosotros todo el tiempo que, de una u otra manera, nos dicen cómo deberíamos vernos.   Cuidarnos no tiene nada de malo. Tampoco hay nada de malo en apreciar la belleza. Pues Dios creó un mundo lleno de ella.  El problema surge cuando nuestra apariencia comienza a determinar en exceso la manera en que nos vemos a nosotros mismos.  En el pasaje de hoy, Isaías no está hablando específicamente de la belleza física. Está recordándonos algo mucho más amplio sobre nuestra condición humana: somos pasajeros.   " Todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo" (Isaías 40:6).  Una flor puede ser hermosa y, aún así, marchitarse. Su belleza es real, pero no dura para siempre. Isaías utiliza esa imagen justamente para record...

La vanidad de los placeres

   Hay cosas que deseamos durante mucho tiempo porque pensamos que, cuando finalmente las tengamos, nos harán felices.  Y algunas realmente nos hacen felices. El problema es que esa sensación no siempre dura. Lo que antes nos emocionaba se vuelve cotidiano y, después de un tiempo, podemos encontrarnos buscando otra cosa que nos produzca la misma sensación.  Dios nos creó con la capacidad de disfrutar. No hay nada malo en alegrarnos por las cosas buenas que recibimos, por una experiencia que esperábamos o por algo que simplemente nos gusta.   Sin embargo, Juan nos hace una advertencia importante: "No amen al mundo ni nada de lo que hay en él" (1 Juan 2:15).   Con estas palabras, Juan no está diciendo que todo lo que existe en el mundo sea malo. En el versículo siguiente se explica a qué se refiere: "los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida."    Es una advertencia sobre nuestros deseos y el lugar que pueden lleg...