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Jehová Jireh, el Dios que provee

   Después de años de espera, Abraham y Sara finalmente recibieron a su amado hijo, Isaac, como el cumplimiento de la promesa de Dios. Abraham siguió de cerca el crecimiento y el desarrollo de Isaac, encontrando alegría y deleite en cada etapa de su vida. Sin embargo, un día, Dios le pidió a Abraham que hiciera algo inimaginable: debía ir al monte Moriah y ofrecer a su hijo como sacrificio a Dios.  Es tan díficil imaginar lo que Abraham debió sentir en ese momento. Él había esperado durante tanto tiempo a su amado hijo y ahora Dios le pedía que lo entregara.  ¿Qué habrías hecho tú en su lugar?  La experiencia de Abraham nos hace reflexionar sobre cómo manejamos las bendiciones que recibimos de Dios. ¿Estaríamos dispuestos a sacrificar todo por nuestro amor hacia él? Abraham lo hizo y obedeció, llevando a Isaac con determinación a cumplir la voluntad de Dios.  " Y el ángel dijo: No extiendas tu mano sobre el niño, ni le hagas daño. Yo sé bien que temes a Dio...

Yo soy el que soy

   ¡Todos buscamos estabilidad! Ya sea en nuestras actividades cotidianas, en lo relacional, lo económico, en nuestra fe. Siempre estamos buscando seguridad y garantías para evitar sorpresas o desilusiones en nuestro camino.   Esto también lo podemos ver en la Escritura: cuando el Señor eligió a Gedeón para dirigir al pueblo contra los madianitas, Gedeón pidió señales que confirmaran que Dios estaba realmente con él. Al conceder a Ezequías otros quince años de vida, Dios hizo que la sombra retrocediera diez grados en el reloj de Acaz como prueba de favor divino. Tomás necesitaba ver para creer que Jesús había resucitado, y así varios ejemplos.   Como podemos ver, la búsqueda de seguridad y certezas es parte de nuestra naturaleza humana. No obstante, a través de la vida de Tomás, Jesús nos da una gran enseñanza: son bienaventurados aquellos que creen sin necesitar pruebas concretas. La certeza de Dios no está en lo sobrenatural, sino en una fe firme en el poder d...

Superando la incomprensión

   Pocas cosas cansan tanto al corazón como sentirse incomprendido.  No buscas que alguien resuelva todos tus problemas. Solo deseas que alguien escuche sin juzgar, que permanezca a tu lado sin sacar conclusiones apresuradas. Pero en lugar de compasión, encuentras explicaciones. En lugar de consuelo, recibes críticas. Y el dolor que ya llevabas termina haciéndose aún más pesado.  Eso fue lo que vivió Job. En medio de su sufrimiento, no les pidió riquezas a sus amigos ni que resolvieran su situación. Solo necesitaba compasión. Sin embargo, quienes debían sostenerlo terminaron por sospechar de él. Creyeron conocer las razones de su dolor, cuando en realidad ignoraban por completo lo que Dios estaba haciendo.  Por eso Job dijo: " Al que sufre se le debe mostrar compasión."   Qué fácil es olvidar esa verdad.  " Al amigo que sufre se le consuela, aunque se haya olvidado del Todopoderoso. " (Job 6:14).

Superando la soledad

   La soledad más profunda no siempre se siente cuando estemos físicamente solos.   A veces estamos rodeados de personas y, aun así, llevamos la dolorosa sensación de que nadie comprende realmente lo que sucede en nuestro corazón. Hay heridas que no saben explicarse con palabras y hay silencios que pesan más que cualquier conversación.  Job conoció esa clase de soledad.  No solo perdió sus bienes, sino también su salud. Poco a poco también sintió que las personas que habían caminado junto a él comenzaban a alejarse. Sus amigos dejaron de consolarlo para juzgarlo. Incluso quienes más lo amaban parecían incapaces de comprender su sufrimiento.  Pero había una ausencia que le dolía aún más.  Sentía que Dios guardaba silencio. Y quizá esa también sea tu lucha hoy. No es que hayas dejado de orar. Es que pareciera que el cielo permanece en silencio. Lees la Biblia, buscas a Dios y esperas una respuesta que no llega. Entonces el corazón comienza a preguntarse ...

Superando la injusticia

   Pocas cosas duelen tanto como ser juzgado emocionalmente.  No solo cargas con el peso de lo que estás viviendo, sino también con el de quienes creen saber por qué te sucede. Sin conocer tu historia, sacan conclusiones, cuestionen tu fe o asumen que, de alguna manera, tú tienes la culpa.  Eso fue exactamente lo que vivió Job.  Sus amigos llegaron con la intención de consolarlo, pero terminaron convirtiéndose en sus acusadores. Estaban convencidos de que un sufrimiento tan grande solo podía deberse a un pecado oculto. Miraron sus heridas, pero nunca miraron su corazón.  Qué fácil es hacer lo mismo. Vemos el dolor de alguien y creemos entender toda su historia. Pero solo Dios conoce las batallas que una persona libra en secreto.  El apóstol Pedro escribió:   " Si por hacer el bien sufren y lo soportan, eso merece aprobación delante de Dios" (1 Pedro 2:20). " Después de que Job rogó por sus amigos, el Señor sanó también la aflicción de Job y a...

¿Quién pelea por ti?

   Seguir a Jesús no siempre hace el camino más fácil. A veces ocurre todo lo contrario. Decides obedecer, permanecer firme y honrar a Dios, pero las pruebas llegan con más fuerza de la que imaginabas. Entonces surge una pregunta que muchos creyentes hacen en silencio: "Señor, si estoy caminando contigo, ¿por qué duele tanto?"  Job conocía esa lucha. Lo perdió casi todo: sus bienes, sus hijos y su salud. Sin embargo, lo más desconcertante era que no estaba sufriendo por haberse apartado de Dios. Estaba sufriendo mientras permanecía fiel a él.  Esa es una de las verdades más difíciles de aceptar: la fidelidad no nos libra del sufrimiento. Pero sí nos asegura que nunca lo atravesaremos solos.  En medio de su dolor, Job hizo preguntas que ninguno de nosotros se atrevería a formular. Lloró, luchó y derramó su corazón delante de Dios. Sin embargo, cuando todo parecía derrumbarse, pronunció las declaraciones de fe más extraordinarias de toda la Escritura:   ...

Cuando el dolor se convierte en propósito

 Hay noticias que cambian la vida para siempre. Una llamada del médico. Un diagnóstico inesperado. Una conversación que divide la historia en un "antes"y un "después." De pronto, los planes cambian, el futuro deja de parecer seguro y el corazón se llena de preguntas a las que no encuentra respuesta.  Es entonces cuando, casi sin darnos cuenta, brota una oración: "Señor, ¿por qué está pasando esto? ¿Qué hice para merecerlo?"No porque hayamos dejado de confiar en Dios, sino porque el dolor nos enfrenta a un misterio que no alcanzamos a comprender. Job conoció muy bien esa sensación. En muy poco tiempo perdió sus bienes, a sus hijos y también su salud. Allí estaba, sentado sobre las cenizas, aliviando sus heridas con un pedazo de barro quebrado, mientras intentaba entender cómo su vida había cambiado de manera tan drástica. Job lloró. Hizo preguntas difíciles y derramó su corazón delante de Dios.  Y eso nos recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: la fe...