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Una oración sin palabras

   Muchos de nosotros hemos experimentado ambientes de iglesia llenos de sonido: música vibrante, voces elevadas y oraciones apasionadas. Y no hay nada malo en ello. La adoración expresada con alegría puede ser hermosa.   Sin embargo, a veces podemos llegar a creer, sin darnos cuenta, que las palabras más fuertes son las que captan la atención de Dios.   Ana sabía que no era así. Cuando la encontramos en el pasaje de hoy, lleva años cargando con una profunda tristeza. El anhelo de tener un hijo y las heridas acumuladas por la espera habían agotado su corazón. Una vez más, llega al templo en busca del Señor.   Entonces ocurre algo extraordinario. Ana ora, pero nadie puede escucharla.   Sus labios se mueven, pero no sale ningún sonido. Su dolor es tan profundo que las palabras parecen quedarse cortas. Elí observa la escena y la interpreta mal. Piensa que está ebria. No imagina, que delante de sus ojos, está ocurriendo uno de los encuentros más since...

La oración que abrió el paraíso

   Si alguien quisiera diseñar una clase magistral sobre la oración, probablemente no comenzaría con la escena que encontramos en el pasaje de hoy.  Lo más natural sería buscar a una persona con una sólida formación teológica o a alguien reconocido por su profunda vida devocional. Quizá estudiaría las grandes oraciones escritas a lo largo de la historia como Agustín, los puritanos o los místicos y admiraría la manera en la santidad puede expresarse con tanta profundidad y belleza.   Lo que difícilmente haría sería sentarse junto a un criminal clavado en una cruz romana y a pocos instantes de la muerte, para decir: " Observemos cómo este hombre ora."   Y, sin embargo, eso es exactamente lo que encontramos en el pasaje de hoy. Aquí se registra una de las oraciones más breves de toda la Biblia. No contiene una larga introducción, una explicación doctrinal elaborada ni señales de una vida religiosa ejemplar. Es simplemente un hombre moribundo que vuelve su rost...

Cuando Cristo camina sobre tu tormenta

   Después de alimentar a miles de personas, Jesús alcanzó uno de los momentos de mayor popularidad de su ministerio. La multitud quedó tan impresionada que quiso proclamarlo rey por la fuerza. Sin embargo, Jesús se apartó de ellos y envió a sus discípulos a cruzar el mar de Galilea.   Aquella decisión no fue accidental. Jesús sabía exactamente lo que les esperaba en el camino. Mientras avanzaban sobre el lago, una fuerte tormenta se levantó. El viento soplaba con violencia y las olas golpeaban la barca. Lo más inquietante era que Jesús no estaba con ellos.  Al menos, eso parecía.  Muchas veces vivimos experiencias similares. Obedecemos a Dios, procuramos caminar en su voluntad y , aún así, enfrentamos dificultades que no entendemos. En esos momentos es fácil preguntarnos dónde está Dios o por qué permite que atravesemos ciertas tormentas.  Pero el relato nos muestra algo importante: los discípulos estaban exactamente donde Jesús les había pedido que estuvi...

Lo poco en tus manos, lo imposible en las suyas

    A medida que el ministerio de Jesús crecía, multitudes cada vez mayores lo seguían. Muchos venían atraídos por sus enseñanzas; otros, por los milagros que realizaba. En cierta ocasión, una enorme multitud permaneció con él durante horas, y Jesús, movido por compasión, decidió atender no solo su necesidad espiritual, sino también su hambre.  Entonces surgió una pregunta aparentemente imposible: ¿cómo alimentar a miles de personas en un lugar tan apartado?  Los discípulos comenzaron a ver la situación desde una perspectiva humana. Felipe hizo cálculos y concluyó que ni siquiera una gran cantidad de dinero sería suficiente para alimentar a todos. Andrés encontró a un muchacho con cinco panes y dos peces, pero incluso él reconoció lo insignificante que aquello parecia frente a una multitud tan grande.    Sin embargo, Jesús veía algo que ellos todavía no podían ver. Lo que parecía insuficiente en manos humanas se convirtió en abundancia cuando fue puesto en ...

Cuando Jesús se acerca al que ya no puede más

   El pasaje de hoy nos presenta la tercera señal del Evangelio de Juan. Cerca del estanque de Betesda se encontraba un hombre que había vivido enfermo durante treinta y ocho años. Durante décadas había esperado una oportunidad de ser sanado, pero su condición le impedía alcanzar aquello que tanto anhelaba. Sin fuerzas, sin recursos y sin nadie que pudiera ayudarlo, parecía haber llegado al final de toda esperanza.  Entonces Jesús se acercó a él.  Es interesante notar que, entre una multitud de personas enfermas, Jesús fue dierctamente hacia aquel hombre. No esperó que él lograra acercarse. No le pidió que demostrara su capacidad. Tampoco ignoró su sufrimiento. Jesús tomó la iniciativa y entró en la historia de alguien que ya no tenía fuerzas para cambiar su propia situación.  Después de escuchar su respuesta, le dijo: "Levántate, recoge tu camilla y anda." Y en ese mismo instante, aquel hombre fue completamente sanado.  Este milagro nos recuerda una verdad...

Creer antes de ver

   Una vez más, Jesús regreso a Caná de Galilea. Allí fue buscado por un funcionario real que atravesaba una situación desesperante. A pesar de su posición, influencia y recursos, había algo que no podía controlar: su hijo estaba gravemente enfermo y al borde de la muerte.   Seguramente había agotado todas las alternativas a su alcance. Cuando las soluciones humanas llegan a su límite, decidió acudir a Jesús. Lo buscó con urgencia y le rogó que sanara a su hijo.  Sin embargo, aquel hombre tenía una idea que muchos todavía tenemos hoy: que Jesús debía estar físicamente presente para actuar. Creía que la solución dependía de que el Señor llegara a su casa antes de que fuera demasiado tarde.   Pero Jesús respondió de una manera sorprendente:  "Vuelve a casa, que tu hijo vive."   No lo acompañó. No realizó ningún gesto visible. Simplemente habló. Y entonces ocurrió el verdadero milagro del pasaje de hoy: aquel hombre creyó la palabra de Jesús.  " Jesú...

Más que milagros

   Esta semana reflexionaremos sobre los milagros de Jesús en el Evangelio de Juan. Sin embargo, Juan los llama señales porque no fueron demostraciones de poder. Cada una revela algo profundo sobre quién es Jesús. A través de ellas, descubrimos que él no es solamente un maestro extraordinario, sino también el Hijo de Dios que vino a traer vida al mundo.   La primera de estas señales ocurrió durante una boda en Caná de Galilea. Jesús estaba alló con sus discípulos, participando de una celebración común. Este detalle es significativo. Nuestro Señor no vivía distante de las personas ni desconectado de su realidad. Estaba presente en las mesas, en las conversaciones, en los momentos de alegría y también en medio de las preocupaciones más cotidianas.  En medio de la fiesta surgió un problema inesperado: el vino se acabó. Para los anfitriones, aquello representaba una gran verguenza. Entonces Jesús realizó su primer milagro, transformando agua en vino , y no en cualquier v...