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Una palabra basta

     Desde el principio, Dios ha revelado su poder de manera sorprendentemente sencilla: " hablando." En Génesis, no lucha, no discute, no ensaya. Dios dice... y lo que no existía comienza a existir. La creación responde a su voz sin resistencia.    Sin embargo, cuando el dolor nos alcanza, esa verdad resulta difícil de creer.  Un funcionario real llega a Jesús con una necesidad concreta y urgente: su hijo está muriendo. Él no viene a debatir ni a aprender; viene porque ya no tiene alternativas. Su petición es clara: quiere que Jesús vaya con él. Necesita cercanía, presencia física, una intervención visible. Para él, el poder de Dios parece depender de la distancia.    Jesús responde de un modo que desarma esa lógica. No va. No acompaña. No toca al niño.   Solo habla: "Vuelve a casa. Que tu hijo vive."    No hay pruebas inmediatas. No hay señales que confirmen la promesa. Solo una palabra. Y el texto dice algo decisivo: el hombre cr...

El milagro comienza donde el vino se acaba

   Todo milagro comienza con una pérdida. No con fe abundante ni con recursos suficientes, sino con un límite que ya no puede ocultarse.    En Caná, el vino se había acabado. Y con él, la ilusión de control. No había estrategia, excusa ni esfuerzo capaz de revertirlo. La verguenza ya estaba servida. En ese momento, cuando nada más puede hacerse, es precisamente cuando Dios elige revelarse.   Jesús no transforma el vino existente. No lo mejora. No lo extiende.   Lo que hace es más radical: transforma el agua en vino. Y no cualquier agua, sino la destinada a la purificación ritual. Tinajas creadas para limpiar lo externo se convierten en recipientes de gozo. Como si el reino estuviera anunciando algo nuevo: la limpieza ya no vendrá por ritual, sino por gracia; la plenitud ya no dependerá del esfuerzo humano, sino de la intervención divina.    Este milagro no solo resuelve una crisis doméstica. Revela una lógica distinta.   En el Reino de Dios, ...

Yo creo en el Hijo: el Rey que regresa

   Después de la resurrección, los discípulos todavía tenían preguntas. Querían saber tiempos, fechas, desenlaces. Querían certezas inmediatas. Y en lugar de responderles con un calendario, Jesús les ofrece algo mejor: una promesa y una misión.   El pasaje de hoy nos sitúa en un momento lleno de tensión y esperanza. Jesús habla con sus discípulos por última vez antes de ascender. Ellos miran al cielo, intentando comprender lo que ocurre, mientras el Señor es elevado y una nube lo oculta de una visión. No es una despedida común. Es una entronización silenciosa. Aquel que fue crucificado y resucitado ahora es exaltado.   La ascensión de Jesús nos recuerda que la historia no quedó inconclusa. Cristo no desapareció ni se retiró. Él reina. Está vivo, glorificado y ejerciendo autoridad. Desde allí, gobierna sobre la historia, las naciones y aún sobre los momentos que hoy nos resultan confusos o inciertos. Saber donde está Jesús ahora cambia la manera en que vivimos aquí. ...

Yo creo en el Hijo, crucificado y resucitado

   Hay verdades que sostienen la fe y hay verdades sin las cuales la fe simplemente no existe. La cruz y la resurrección pertenecen a esta última categoría. No son un detalle del cristianismo ni un símbolo inspirador entre muchos otros. Son el corazón mismo del evangelio. ¡Todo converge aquí!   El apóstol Pablo no deja margen para ambiguedades. Si Cristo no resucitó, dice, entonces la fe es ilusoria, la predicación es vacía y la esperanza se desmorona. Sin la resurrección, Jesús no sería más que otro maestro admirable derrotado por la muerte. Pero Pablo escribe con convicción porque sabe que la tumba no tuvo la última palabra.   La cruz nos revela algo profundamente desconcertante: el amor de Dios expresado a través del sufrimiento voluntario del Hijo. Jesús no fue sorprendido por la cruz ni arrastrado a ella en contra de su voluntad. En la cruz, Dios mismo entró en nuestra oscuridad, cargó con el peso del pecado y asumió aquello que no podíamos soportar. Allí, ...

Yo creo en el Hijo: Dios con nosotros

    La encarnación no es una verdad reservada a una estación del año ni un recuerdo que evocamos solo en Navidad. Es una realidad viva, profunda y permanente, que sostiene toda nuestra fe y transforma la manera en que entendemos a Dios, al mundo y a nosotros mismos. Es por eso que , hoy volvemos al prólogo del evangelio de Juan y nos detenemos, con reverencia, ante estas palabras que  nunca se agotan:    " El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros."  Antes de hablar de lo que Jesús hizo por nosotros, la Escritura nos invita a contemplar quién es él. Juan nos presenta a Jesús como la luz verdadera que vino al mundo, la misma luz por medio de la cual todo fue creado. Y, sin embargo, esta luz fue rechazada, ignorada y no reconocida por muchos. El contraste es asombroso: el Hijo de Dios entra en su creación, pero la creación no lo recibe.   Aquí se revela el corazón del evangelio. Dios no envió simplemente un mensaje desde el cielo. No delegó la salv...

Yo creo en Dios, Padre Todopoderoso

   La primera afirmación de nuestra fe abre el camino a todo lo demás: " Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra."     Es una declaración sencilla y, sin embargo, infinita. En pocas palabras, nos sitúa en la realidad más grande que existe: nos dice quién es Dios y, a la luz de eso, quiénes somos nosotros en él. No es una frase ligera ni decorativa; es un cimiento. Como escribió A.W. Tozer: lo que pensamos acerca de Dios determina el curso de toda nuestra vida, porque de esa imagen nacen nuestras decisiones, nuestros temores y nuestra esperanza.   Vivimos en una época de espiritualidad a la carta, donde muchos toman fragmentos de aquí y de allá para construir creencias a su medida. En medio de esa confusión, necesitamos volver una y otra vez a la Escritura, donde el Dios verdadero no es mera imaginación, al contrario, es revelación. Él no es una fuerza impersonal ni una energía difusa, sino un Dios vivo, que habla, que actúa, que h...

Yo creo en la historia de Dios

    Gran parte de lo que creemos saber sobre el mundo no proviene de la experiencia directa, sino de la confianza. Confiamos en el testimonio de quienes estuvieron antes que nosotros. Confiamos en la palabra de los historiadores, aunque no hayamos presenciado los hechos. Confiamos en mapas que nunca hemos recorrido por completo. Así, más de lo que imaginamos, vivimos apoyados en la confianza y en el testimonio de otros.    Reconocer esto es crucial porque nuestras creencias no son neutras. Lo que creemos da forma a cómo vivimos. Moldea nuestras decisiones, define nuestras esperanzas, alimenta nuestros temores y orienta nuestros hábitos. Creer no es un acto pasivo: es el marco desde el cual interpretamos la realidad y nos relacionamos con el mundo. Todos, sin excepción, vivimos dentro de una red de creencias.   Por eso es tan importante detenernos y examinar con honestidad en qué creemos... y por qué lo creemos. Especialmente como creyentes.  En el pasaje de...