No traigas sobras al trono
¡El día ha llegado! Has sido invitado a una cena formal con un líder mundial. La invitación, grabada en relieve y sellada con honor, descansa en tu repisa con una joya. Te preparas con esmero: ropa impecable, palabras pensadas, reverencia lista.
Pero antes de salir, tomas un recipiente con sobras del refrigerador y lo metes al bolso. Al llegar, lo presentas como tu contribución a la mesa. La sala, majestuosa, enmudece. El gesto no necesita explicación: has menospreciado al anfitrión.
Jamás harías algo así.. ¿verdad?
Y, sin embargo, su adoración era irreverente. Sus sacrificios estaban enfermos, ciegos, mutilados. En el versículo 8 del pasaje de hoy, Dios responde con una pregunta que atraviesa la conciencia: "¿Acaso presentarías esto a tu gobernador? ¿Y te recibiría con agrado?"
La herida no está en el acto, sino en el mensaje que se comunica: no eres tan importante para mí.
Este texto no va dirigido a ateos. Es para los que creen; los que sirven; los que han reconstruido su templo... pero no su corazón. Para los que cumplen con Dios, pero no lo honran. Para los que ofrecen lo que queda, no lo que vale.
"El hijo honra al padre, y el siervo respeta a su señor. Pues, si soy padre, ¿dónde está la honra que merezco? Y si soy señor, ¿dónde está el respeto que se me debe? " (Malaquías 1:6).
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