La gloria secreta de los invisibles
Vivimos en un mundo sediento de atención. Publicamos, compartimos, exhibimos. Pareciera que si nadie lo ve, no vale. Pero Dios, que no se deja impresionar por las luces, se complace en lo oculto. Él sabe que los frutos eternos nacen en lo invisible. Algunas de las vidas más fieles y transformadoras de la historia no fueron famosas, fueron fieles.
El hermano Lorenzo, un monje del siglo XVII, nunca predicó ni publicó un libro. Su ministerio consistía en remendar sandalias y lavar platos en un monasterio en París. Pero su intimidad con Dios, vivida en lo ordinario, quedó plasmada en un librito que ha edificado generaciones: "La práctica de la presencia de Dios." Él nunca buscó brillar; sólo busco obedecer.
Podríamos seguir con la lista, pero el patrón es claro: Dios usa a los que no buscan ser vistos para mostrar su gloria. Es en el lugar secreto donde muere el ego y vive el amor, donde florece el reino. Jesús lo dijo así: "Cuídense de no hacer sus buenas obras delante de la gente para que los vean " (Mateo 6:1). Porque cuando el motivo es ser visto, el corazón se contamina. La vanagloria reemplaza la adoración.
Cristo nos advierte con amor: no cambies la recompensa eterna del Padre por el eco fugaz de los aplausos humanos. La fama hincha el alma y el vacía. La gloria terrenal es demasiado pesada para nosotros. Solo Dios puede cargarla. Nosotros fuimos creados no para brillar por cuenta propia, sino para reflejar la luz del Cordero.
" Cuidado con hacer sus obras de justicia sólo para que la gente los vea. Si lo hacen así, su Padre que está en los cielos no les dará ninguna recompensa. " (Mateo 6:1).
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