El fin de años de sufrimiento

   Había en Jerusalén un estanque llamado Betesda. En los alrededores de este estanque, había muchos enfermos, entre ellos: paralíticos, ciegos, y otros más, porque creían que, en algún momento, un ángel agitaría las aguas, y la primera persona que entrara en dichas aguas agitadas quedaría sano de cualquier enfermedad. Esta promesa de sanidad atraía a personas innumerables personas desesperadas por un milagro, cada una soñando con ser la próxima.

  Entre ellos había un hombre que llevaba treinta y ocho años paralítico. Habían sido casi cuatro décadas de sufrimiento y aflicción sin poder desplazarse con facilidad, dependiendo de la ayuda de otras personas. Este hombre enfrentaba una lucha con la soledad y la desesperación.

 No cabe duda que esta es una de las situaciones más difíciles a las que puede enfrentarse cualquier persona. Todo el mundo sueña con el futuro lleno de logros y es muy difícil seguir adelante cuando ese sueño se ve truncado. Pero ahí estaba ese hombre, poniendo todas sus esperanzas en intentar entrar en el agua, ser sano y seguir adelante.

  Un día, Jesús fue a Jerusalén para participar en una fiesta judía y vio al paralítico en el estanque, se compadeció de él y fue a preguntarle si quería ser sanado.

  La compasión de Jesús se manifestó no solo en su mirada, sino también en su pregunta: "¿Quieres quedar sano?" . A primera vista, esta pregunta podría parecer innecesaria, pero encierra una profunda verdad.

   "Después Jesús lo encontró en el templo, y le dijo: Como puedes ver, has sido sanado; así que no peques más, para que no te sobrevenga algo peor." (Juan 5:14).

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