Redescubre la alegría

   Esta semana hemos visto que la Palabra de Dios refresca el alma y hace sabio al humilde. Y como recordamos en días anteriores en el Salmo 19, el rey David lo expresa así: " Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón" (versículo 8). David no está exagerando: ha descubierto un gozo que no depende de circunstancias externas, sino de un encuentro con la voz de Dios.

  A simple vista, "preceptos" y "alegría" podrían parecer opuestos. ¿Cómo puede un mandato encender el gozo? Pero detente un momento: las reglas de alguien revelan su corazón. Lo que una persona exige muestra lo que ama: sus prioridades, su carácter. Así también con Dios. Sus mandamientos no son cargas pesadas: son reflejos de su gloria. Nos muestran lo que a él le importa. Y cuando los escuchamos y obedecemos, no solo aprendemos de él sino que lo conocemos.

 Eso fue lo que pasó en el camino a Emaús descrito en el pasaje de hoy. Dos discípulos caminaban con el alma arrugada por la tristeza. Su esperanza estaba enterrada junto con su Maestro. Pero de pronto, el Resucitado se acercó, oculto a sus ojos, y comenzó a explicarles las Escrituras. Les mostró que todo apuntaba a él. Y más tarde, con el corazón encendido, dijeron: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?" (versículo 32). No fue una explicación técnica. Fue un encuentro. La alegría broto porque Jesús mismo los había acompañado... sin que ellos lo supieran.

 " Y se decían uno al otro: ¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lucas 24:32).

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