Anímense los unos a los otros
Vivimos en un mundo que nos desgasta constantemente. Un mundo que grita, compara, exige... y rara vez anima. En medio de tanto ruido, la palabra de Dios irrumpe con un susurro potente: " Anímense los unos a los otros."
Sí, todos necesitamos ánimo. No de forma superficial, sino profunda. No como quien echa azúcar al café amargo de otro, sino como quien enciende una lámpara en medio de la noche. Animar a alguien es infundirle aliento, es recordarle su valor, es inyectarle esperanza.
Pablo le escribe a una iglesia cansada, perseguida y confundida. Y en vez de ofrecer soluciones rápidas, les recuerda su verdadera identidad: " Ustedes son hijos de la luz y del día." Pablo, con palabras cargadas de verdad, les dice: ustedes no están solos, no viven en sombras y su ciudadanía está en un reino de luz que no se apaga.
Esa es la base del verdadero ánimo. No se trata de palabras bonitas o frases motivacionales. Se trata realmente de mirar al otro con los ojos de Dios y decir: Él sigue obrando en tu vida. El mismo Cristo que te salvó te sostiene. Eres más amado de lo que puedes imaginar.
" Por lo tanto, anímense y edífiquense unos a otros, como en efecto ya lo hacen." (1 Tesalonicenses 5:11).
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