El milagro de la alegría

   Si pudiéramos escuchar a muchas personas en medio de sus oraciones, no nos sorprendería demasiado encontrar peticiones como estas: "Señor, ayúdame con mis finanzas"; "Señor, bendice mi vida; "Señor, protege a los que amo y sana a los que están enfermos." ¿Cuántos de nosotros podríamos decir que hemos orado así: "Señor, hazme verdaderamente consciente de nuestra amistad y de que eres mi amigo fiel"; "Señor, haz que esté tan lleno de alegría simplemente porque te conozco, que esta alegría toque a cada persona a mi alrededor." Tal vez, cambiar nuestras oraciones para que se enfoquen en nuestra relación con Jesús, podría ser la respuesta a cualquier otra oración que decidamos hacer.

   En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo nos recuerda que Jesús bajó a la tierra como resultado del gran amor incondicional de Dios Padre por nosotros. El plan de Dios fue que Jesús muriera en una cruz y resucitara para que nunca más hubiera división entre nosotros y él. Los muros que el pecado levantó, están derribados y demolidos para siempre.

  Pablo, queriendo recordar esta verdad a la iglesia de Roma, no detiene su discurso ahí. De hecho, Pablo comparte con alegría esta reconciliación que nos ha dado pleno acceso y la capacidad de entablar una relación profunda e íntima con Dios, como nuestro amigo y nuestro consolador.

 Para algunos, considerar a Jesús como amigo es un problema; sienten como si su amistad disminuyera su soberanía. Sin embargo, esto se aleja de lo que Jesús nos ha revelado: Jesús no quiere simplemente nuestras "solicitudes de amistad" y que vivamos una vida virtuosa, él quiere que nos conectemos a su corazón, y luego, que compartamos ese corazón con los demás. 

  " Pero Dios muestra su amor por nosotros en que, cuando aún eramos pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5:8).

Comentarios

Entradas más populares de este blog

María, un ejemplo de obediencia

Poderoso para guardarte

No ames el mundo