Aferrados a la esperanza
Hay dolores que no se pueden maquillar. No hay versículos bonitos, canciones alegres ni frases motivadoras que puedan silenciar a un corazón roto. Cuando el alma está saturada de hiel, como describe el autor de Lamentaciones, el consuelo fácil no basta. Lo que necesitamos no es una evasión, sino un ancla. Una esperanza que no se deshaga en la tormenta.
Eso es lo que encontramos en el pasaje de hoy. No una negación del dolor, sino una proclamación aliente de la fidelidad divina en medio del quebranto. El profeta no escribe desde una cumbre de victoria, sino desde el valle profundo del luto. Y ahí, rodeado de ruinas, elige recordar. Elige traer a la memoria lo que aún sostiene su alma.
"Por la misercordia del Señor no hemos sido consumidos. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!" ¿No es esto una verdad gloriosa? Cuando todo alrededor parece en ruinas, hay una misericordia que permanece. Cada mañana amanece con nueva compasión, no porque la merezcamos, sino porque su fidelidad es más terca que nuestra aflicción. Más constante que nuestras lágrimas. Más firme que nuestras dudas.
" Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos; ¡nunca su misericordia se ha agotado! ¡Grande es su fidelidad, y cada mañana se renueva!" (Lamentaciones 3:22-23).
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