El Dios que anhelamos

   La Navidad se acerca. Pero no se mide por adornos, compras, celebraciones o agendas llenas, sino por el misterio glorioso que anuncia: Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Esta es la esencia de la encarnación, el corazón del evangelio: el eterno se hizo niño, la luz descendió a las tinieblas y el trono se inclinó hacia un pesebre.

  Isaías, siglos antes, ya hablaba de esta luz que irrumpiría en la noche más densa. "El pueblo que andaba en oscuridad ha visto una gran luz." Él no escribe desde un lugar ideal, sino desde una nación quebrada, con corazones cansados y cielos cerrados. Pero allí, en la sombra de la muerte, Dios promete un Niño. Y en ese Niño, una soberanía sin fin, un gobierno de justicia, un nombre sobre todo nombre: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.

  ¿Y no es eso lo que anhelamos hoy también? Bajo las luces navideñas brillas sonrisas que esconden soledad. La injusticia persiste. El alma suspira. La promesa del reino aún parece lejana. Pero en ese suspiro se esconde algo sagrado. Como dijo C.S. Lewis : sí encuentro en mí un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, es señal de que fui hecho para otro mundo.

 Esta temporada nos entrena en esta tensión: celebrar porque Cristo vino y clamar porque vuelva. Lamentar lo roto sin perder la esperanza. No ignoramos la noche; esperamos el amanecer. Y mientras esperamos, levantamos la mirada y oímos de nuevo la promesa: "He venido... y volveré." 

 No estás solo. No has sido olvidado. La luz ya ha brillado y volverá a hacerlo.

  " Porque un niño nos ha nacido, ¡un hijo nos ha sido concedido! Sobre sus hombros llevará el principado, y su nombre será Consejero admirable, Dios fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz. " (Isaías 9:6).

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