El Dios que está cerca

    El libro de Éxodo narra la extraordinaria travesía del pueblo de Dios al salir de Egipto, rumbo al desierto y a la Tierra Prometida. Aunque el centro del relato es la liberación de la esclavitud, el punto culminante llega en el capítulo 40, cuando la gloria de Dios llena por completo el tabernáculo recién terminado: 

 " La nube cubrió la Tienda de reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo" (Éxodo 40:34).

 El tabernáculo era una tienda portátil hecha de madera de acacia, lino y oro, construida conforme al diseño preciso que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Situado en el centro del campamento, representaba la presencia misma de Dios dondequiera que fueran, cubierto por una nube de día y por fuego de noche. Para niños y ancianos, era un recordatorio constante: su Dios no estaba distante, sino presente, cercano y guiándolos.

  Fue su sustento en medio del desierto: les daba estabilidad, los unía como pueblo y fortalecía su fe. Aunque el desierto parecía vacío, nunca estaban solos. Dios habitaba entre ellos. Él era su Dios, y entre ellos, su pueblo.

  Siglos más tarde, Juan se atreve a aplicar esta imagen al Cristo encarnado: 

 " El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1:14).

 La traducción literal es: "acampó entre nosotros." La conexión es tan gloriosa como íntima: así como Dios descendió para habitar en una tienda de tela, ahora lo hace en carne y sangre. El Hijo eterno, Santo y Todopoderoso, el que dio forma a las galaxias, asumió el cansancio, el hambre y las lágrimas... por nosotros. Totalmente Dios y totalmente hombre.

  " Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria (la gloria que corresponde al unigénito del Padre), llena de gracia y de verdad." (Juan 1:14).

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