El Dios que salva
Aunque la Navidad y el pasado, nuestras reflexiones sobre la encarnación apenas comienzan. El nacimiento de Jesús no es un cuento para guardar con los adornos; es el eje mismo de la historia, el momento en que los eternos propósitos de salvación de Dios tomaron forma humana. Pero hoy surge una pregunta esencial: ¿por qué? ¿Por qué Dios tomaría un camino tan radical para entrar en nuestro mundo?
Para responder, debemos mirar más allá de la escena del pesebre. La encarnación no fue un gesto improvisado, sino parte del gran relato de la Escritura: desde la creación, pasando por la caída, hasta el día prometido por la nueva Jerusalén. Belén tiene sentido solo dentro de ese plan eterno de redención.
El pasaje de hoy está cargado de señales que nos invitan a ver más allá. A primera vista, parece una noche desconcertante para unos pastores sorprendidos por ángeles. Pero cada detalle que da Lucas es una pincelada de un cuadro divino más grande.
Pensemos en los pastores, por ejemplo. ¿Por qué ellos? Porque en el reino, Dios escoge lo humilde para confundir lo sabio. Ignora los tronos y visita los campos. Elige a los olvidados para anunciar la mayor noticia jamás contada. Es un eco del corazón del evangelio: la gracia corre primero hacia los márgenes. Y si afinamos el oído, escucharemos resonar otro símbolo: el pastorado. Desde David hasta las profecías de Ezequiel, la imagen del pastor apunta a Jesús, el Buen Pastor que da su vida por las ovejas.
" En esa misma región había pastores que pasaban la noche en el campo cuidando a sus rebaños. Allí un ángel del Señor se les apareció, y el resplandor de la gloria del Señor los envolvió. Ellos se llenaron de temor, pero el ángel les dijo: No teman, que les traigo una buena noticia, que será para todo el pueblo motivo de mucha alegría." (Lucas 2:8-10).
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