De la culpa al perdón
Al comenzar este nuevo año, seguimos haciendo un intercambio sagrado: dejar atrás lo viejo y abrazar la verdad renovadora de Cristo, conforme a Romanos 12:2. Hoy damos un paso más: dejamos la culpa que nos pesa y recibimos el perdón que Cristo ofrece.
Juan no suaviza la verdad en su carta: " Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros." Su diagnóstico es claro: todos somos pecadores necesitados de un Salvador. Esa es la base de toda la historia de redención: algo se quebró y solo Dios puede restaurarlo.
Sin embargo, vivimos en una cultura que nos anima a minimizar el pecado. Nos dice que lo renombremos, lo justifiquemos o lo ocultemos tras apariencias minuciosamente cuidadas. Fingimos o nos escondemos, pero el pecado no desaparece al ignorarlo. Permanece, y con el tiempo, se transforma y en culpa y verguenza que endurece el alma. Como escribió Thabiti Anyabwile: "Tu pecado te encontrará; sigue tus huellas y va detrás de ti."
El evangelio, en cambio, ofrece un camino completamente distinto. En lugar de reprimir la culpa, Dios nos invita a confesarla. La confesión no es condena, sino libertad. Es llevar lo más oscuro de nuestra historia a la luz sanadora del Dios que ya pagó el precio.
" Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." (1 Juan 1:9).
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