Donde Dios habla, la luz irrumpe
"Y dijo Dios: !Qué exista la luz!" Y la luz llegó a existir."
Cuando comienza un nuevo año, muchos sienten la urgencia de reiniciar. Buscan olvidar lo que dolió, corregir lo que falló y proyectar nuevos comienzos. Pero el alma no siempre obedece el calendario. A menudo, las tinieblas del pasado nos siguen, silenciosas pero presentes, como sombras que se niegan a retroceder. Y es ahí donde Génesis nos despierta con una verdad eterna: antes de toda orden, antes de toda forma, antes incluso del tiempo... Dios ya estaba allí. Y habló.
En medio del caos, su voz no susurró, tronó con autoridad divina. "¡Que exista la luz!" No fue un evento astronómico. Fue una declaración soberana: luz donde todo era oscuridad, propósito sobre el abismo y belleza sobre la desolación. Dios no observa el caos: lo enfrenta con una palabra. Y esa misma palabra sigue siendo pronunciada hoy.
La luz que irrumpió en el principio no ha dejado de brillar. No somos fruto de la casualidad. Fuimos soñados, formados y rescatados. En Cristo, no solo se restaura la creación: se revela su destino eterno. Él es la luz del mundo, y donde él entra, el miedo pierde su voz y las sombras se disipan.
Caminar en la luz no es solo portarse bien; es rendir toda nuestra vida. Es exponer el alma ante el Dios que no aplasta, sino que sana. Es permitir que su verdad atraviese lo más profundo de nuestro corazón, y que su gracia, en lugar de condenar, nos levante. Las tinieblas interiores, sean culpas, verguenzas o heridas, no pueden resistir la misma voz que al principio dijo: "Sea la luz."
"Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las superficies de las aguas. Y dijo Dios: !Que haya luz! Y hubo luz." (Génesis 1:1-3).
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