El universo no es indiferente

   Hoy, muchas corrientes de pensamiento sostienen que la vida humana no es más que el resultado de procesos naturales sin dirección: una cadena de causas físicas que, con el tiempo, dio origen a la conciencia. En medio de tantas teorías, la Escritura canta otra melodía. No somos producto del azar, ni el eco de una explosión sin mente. Somos el resultado de un propósito eterno que nació en el corazón de Dios. Cada célula, cada aliento, cada pensamiento refleja un diseño que no brota de la casualidad, sino de la intención amorosa del Creador.

   No nacimos por accidente: fuimos pensados, queridos y formados por un Dios que todo lo hace con propósito.

   Pablo escribe con la firmeza de un profeta: desde el principio del mundo, lo invisible de Dios puede verse con claridad. Cada estrella no es sólo luz; es un testimonio. Cada célula, cada océano, cada respiración revela la huella de un autor que no improvisa. El universo no es un susurro sin sentido: es un sermón vivo.

  Es cierto: el pecado distorsionó la melodía. Lo que fue creado bueno se vio afectado por la caída de Adán y Eva. La tierra gime, y nosotros a menudo ignoramos su propósito. Sin embargo, incluso en medio del quebranto, la creación sigue hablando. Su belleza resquebrajada sigue apuntando hacia una perfección perdida... y una redención prometida.

 " porque lo invisible de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, y pueden comprenderse por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa." (Romanos 1:20).

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