El milagro comienza donde el vino se acaba

   Todo milagro comienza con una pérdida. No con fe abundante ni con recursos suficientes, sino con un límite que ya no puede ocultarse. 

  En Caná, el vino se había acabado. Y con él, la ilusión de control. No había estrategia, excusa ni esfuerzo capaz de revertirlo. La verguenza ya estaba servida. En ese momento, cuando nada más puede hacerse, es precisamente cuando Dios elige revelarse.

  Jesús no transforma el vino existente. No lo mejora. No lo extiende.

  Lo que hace es más radical: transforma el agua en vino. Y no cualquier agua, sino la destinada a la purificación ritual. Tinajas creadas para limpiar lo externo se convierten en recipientes de gozo. Como si el reino estuviera anunciando algo nuevo: la limpieza ya no vendrá por ritual, sino por gracia; la plenitud ya no dependerá del esfuerzo humano, sino de la intervención divina.

   Este milagro no solo resuelve una crisis doméstica. Revela una lógica distinta.

  En el Reino de Dios, la escasez no es una interrupción del plan, sino su escenario. La gloria no aparece antes del vacío, sino a través de él.

   Caná nos confronta con una verdad incómoda: mientras aún creemos que podemos sostenerlo todo, Dios permanece en silencio. Pero cuando el vino se acaba, cuando la autosuficiencia se rinde, la presencia de Cristo se vuelve inconfundible.

     A veces cuando no pasan cosas en nuestra vida, de repente interviene el Señor en nuestra vida para mostrar Su gloria a través de nosotros. 

 " Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él. " (Juan 2:11).

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