Una palabra basta
Desde el principio, Dios ha revelado su poder de manera sorprendentemente sencilla: " hablando." En Génesis, no lucha, no discute, no ensaya. Dios dice... y lo que no existía comienza a existir. La creación responde a su voz sin resistencia.
Sin embargo, cuando el dolor nos alcanza, esa verdad resulta difícil de creer.
Un funcionario real llega a Jesús con una necesidad concreta y urgente: su hijo está muriendo. Él no viene a debatir ni a aprender; viene porque ya no tiene alternativas. Su petición es clara: quiere que Jesús vaya con él. Necesita cercanía, presencia física, una intervención visible. Para él, el poder de Dios parece depender de la distancia.
Jesús responde de un modo que desarma esa lógica. No va. No acompaña. No toca al niño.
Solo habla: "Vuelve a casa. Que tu hijo vive."
No hay pruebas inmediatas. No hay señales que confirmen la promesa. Solo una palabra. Y el texto dice algo decisivo: el hombre creyó lo que Jesús le dijo y se fue. Ese es el verdadero punto de quiebre. La fe no nace cuando ve a su hijo sano, sino cuando decide caminar confiando únicamente en la palabra de Cristo.
"Jesús le dijo: Vuelve a casa, que tu hijo vive. Y ese hombre creyó en lo que Jesús le dijo, y se fue." (Juan 4: 50).
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