Yo creo en el Hijo, crucificado y resucitado
Hay verdades que sostienen la fe y hay verdades sin las cuales la fe simplemente no existe. La cruz y la resurrección pertenecen a esta última categoría. No son un detalle del cristianismo ni un símbolo inspirador entre muchos otros. Son el corazón mismo del evangelio. ¡Todo converge aquí!
El apóstol Pablo no deja margen para ambiguedades. Si Cristo no resucitó, dice, entonces la fe es ilusoria, la predicación es vacía y la esperanza se desmorona. Sin la resurrección, Jesús no sería más que otro maestro admirable derrotado por la muerte. Pero Pablo escribe con convicción porque sabe que la tumba no tuvo la última palabra.
La cruz nos revela algo profundamente desconcertante: el amor de Dios expresado a través del sufrimiento voluntario del Hijo. Jesús no fue sorprendido por la cruz ni arrastrado a ella en contra de su voluntad. En la cruz, Dios mismo entró en nuestra oscuridad, cargó con el peso del pecado y asumió aquello que no podíamos soportar. Allí, lo que parecía derrota se convirtió en victoria, y lo que parecía el fin se transformó en el inicio de una nueva historia.
Pero la cruz no puede entenderse plenamente sin la resurrección. Si el viernes nos habla del amor que se entrega, el domingo nos proclama el amor que vence. La resurrección de Jesús no es una metáfora ni un consuelo espiritual: es la confirmación de que el pecado fue derrotado, la muerte fue vencida y la vida nueva es posible. Por eso Pablo puede afirmar que: sin resurrección, somos los más dignos de compasión; pero con ella, somos portadores de una esperanza indestructible.
La cruz y la resurrección no son solo verdades que confesamos con los labios. Son realidades que redefinen nuestra manera de vivir. Nos llaman a morir al pecado, a confiar plenamente en Cristo y a caminar cada día con una esperanza que no depende de las circunstancias. Eso define nuestra vida.
" Pero, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de ustedes dicen que los muertos no resucitan? Porque, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene sentido, y tampoco tiene sentido la fe de ustedes. " (1 Corintios 15:12-14).
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