Yo creo en la historia de Dios
Gran parte de lo que creemos saber sobre el mundo no proviene de la experiencia directa, sino de la confianza. Confiamos en el testimonio de quienes estuvieron antes que nosotros. Confiamos en la palabra de los historiadores, aunque no hayamos presenciado los hechos. Confiamos en mapas que nunca hemos recorrido por completo. Así, más de lo que imaginamos, vivimos apoyados en la confianza y en el testimonio de otros.
Reconocer esto es crucial porque nuestras creencias no son neutras. Lo que creemos da forma a cómo vivimos. Moldea nuestras decisiones, define nuestras esperanzas, alimenta nuestros temores y orienta nuestros hábitos. Creer no es un acto pasivo: es el marco desde el cual interpretamos la realidad y nos relacionamos con el mundo. Todos, sin excepción, vivimos dentro de una red de creencias.
Por eso es tan importante detenernos y examinar con honestidad en qué creemos... y por qué lo creemos. Especialmente como creyentes.
En el pasaje de hoy, el apóstol Juan nos revela el propósito de todo su evangelio: " Estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida" (versículo 31). Aquí aprendemos que la fe centrada en Jesús no es un detalle secundario, sino el centro mismo de nuestra identidad, seguridad y existencia cristiana.
Entonces, surge una pregunta inevitable: ¿en qué creemos exactamente?
" Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre," (Juan 20:31).
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