Pedro: un discípulo de contrastes

        Pedro vivía en los extremos. En un mismo momento podía confesar con claridad quién era Jesús.... y, minutos después, oponerse al camino que él anunciaba. En el pasaje de hoy vemos ambas escenas casi sin pausa. Primero, Pedro declara: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (versículo 16). Y Jesús afirmó que esa verdad no nació del razonamiento humano, sino de una revelación del Padre. Allí, por un momento, Pedro habló desde la revelación y no de sí mismo.

   Pero poco después, cuando Jesús habló de sufrimiento, rechazo y cruz, Pedro lo tomó aparte y lo reprendió. El mismo discípulo que habló por fe ahora habla desde el miedo. El contraste es abrupto, casi incómodo y profundamente humano.

   En Pedro convivían una fe sincera y una comprensión todavía parcial del propósito de Jesús. Amaba profundamente a Jesús, pero no podía aceptar la idea de que su Maestro tuviera que morir.

   Jesús lo confrontó con palabras duras, no para humillarlo, sino para corregirlo. Porque incluso una fe genuina puede convertirse en tropiezo cuando se deja guiar más por el miedo que por la voluntad de Dios.

  Y aquí está la esperanza: Jesús no retiró su llamado ni canceló su obra. La misión no descansaba en la estabilidad de Pedro, sino en la gracia de Cristo, que forma a sus discípulos con paciencia a lo largo de su camino.

 Y nosotros no somos tan distintos. A veces confesamos a Jesús con convicción, y otras veces resistimos lo que él quiere hacer en nuestra vida. Queremos seguirlo... pero sin perder el control.

    Hoy, no escondas tus contradicciones; preséntalas delante de Cristo. En sus manos, incluso lo inestable puede ser sostenido y transformado.

   " Simón Pedro respondió: ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente! Entonces Jesús le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edficaré mi iglesia, y las puertas del Hades no podrán vencerla. " (Mateo 16:16-18).

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