Renuncia a tu necesidad de control

  Vivimos en un mundo donde el amor muchas veces se gana, en lugar de recibirse. Obtenemos aprobación cuando rendimos bien. Recibimos validación cuando acertamos. Nos sentimos aceptados cuando cumplimos expectativas. Este tipo de amor no siempre es malo... pero es frágil. Siempre está en evaluación y siempre puede perderse. 

 El problema del amor ganado es que se desvanece con la misma facilidad con que se obtuvo. Si fallas, la paciencia se agota. Si tropiezas, el aplauso se apaga. Y cuando trasladamos esta lógica a Dios, terminamos construyendo una fe inestable: una fe sostenida por el miedo y no por la confianza.

   Aquí es donde muchos malinterpretan la cruz. A veces se sugiere que Jesús murió para que Dios pudiera empezar a amarnos, como si el Padre hubiera sido distante o severo hasta que la cruz lo persuadió. Sin embargo la Escritura revela algo muy distinto: Jesús no murió para provocar el amor de Dios , sino para manifestarlo.

  El pasaje de hoy nos muestra un amor que ya estaba presente mucho antes del Calvario.  Dios habla a un pueblo rebelde y, aun así, declara: "No temas... tú eres mío." "Yo estaré contigo." "Eres precioso y digno de honra." "Yo te amo."

   Este amor no es una recompensa. No se compra con obediencia perfecta. No depende del desempeño. Brota del corazón mismo de Dios.

   " Así dice ahora el Señor, quien te creó y te formó: No temas, Jacob, porque yo te redimí; yo te di tu nombre, Israel, y tú me perteneces." (Isaías 43:1).

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