Crucificado

   Hoy es Viernes Santo, un día solemne. Un día que no puede ser apresurado.

 Antes de seguir, detente. Orienta tu corazón hacia la cruz. Respira profundo.Inhala la gracia y exhala el temor y la culpa.

Si no somos cuidadosos, este momento puede parecer importante... pero distante. Entre notificaciones, responsabilidades y ruido constante, la imagen de un hombre colgado en una cruz romana a las afueras de Jerusalén puede sentirse lejana. Como una historia antigua. Como un relato de otro tiempo.

 Pero no lo es. Y no es un mito.

El Viernes Santo nos llama a anclarnos en la realidad de la muerte de Jesús. A sentarnos en su incomodidad. A reconocer que este evento histórico afecta cada instante de nuestra vida presente. La cruz no es un símbolo decorativo; es el eje sobre el cual gira la historia.

  Y hoy afirmamos algo simple, pero esencial: esto ocurrió.

A pesar de teorías que sugieren que Jesús evitó la cruz o que alguien más murió en su lugar, la evidencia histórica es consistente. Poco después de su muerte, múltiples fuentes, cristianas, judías y romanas, registraron su crucifixión. Para quienes estudian seriamente la historia, la muerte de Jesús en la cruz no es una posibilidad debatible; es un hecho establecido.

  " Cerca de las tres de la tarde, Jesús clamó a gran voz. Decía: Eli, Eli, lama sabactani, es decir, Dios mío, Dios mío, porque me has desamparado?" (Mateo 27:46)

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