Pastorando ovejas

    David es uno de los grandes personajes de la Biblia, pero su historia comienza de forma inesperada. Antes del trono, el campo. Antes del esplendor, la rutina. Detrás del reconocimiento, una gran fidelidad que nadie veía, excepto Dios. Sin embargo, esto no es un detalle menor, sino un patrón. El Señor suele formarnos en los lugares ocultos, donde el corazón es probado por los espectadores.

   Cuando Samuel llegó a la casa de Isaí para ungir al nuevo rey de Israel, Isaí le presentó a sus hijos mayores con naturalidad. Ṕero David, siendo el menor de ellos, ni siquiera fue llamado. Él estaba afuera cuidando las ovejas. Este hecho era algo de lo más común en la cultura del Antiguo Oriente: el hijo menor, a diferencia del primógenito, tenía menos relevancia pública. Pero para Dios él era el elegido. Aunque Isaí no lo convocó, Dios lo hizo venir. Su llamado no fue el resultado de sus logros, sino de la verdad que había en su corazón. Cuando el Señor se revela, también se complace en elegir lo improbable.

   El trabajo de pastor es a la vez sencillo y exigente. Por un lado, requería cuidar con paciencia: alimentar, guiar hacia buenos pastos, buscar agua e impedir que las ovejas se dispersaran, pues son frágiles y se asustan con facilidad. Pero por otro lado, pastorear también implica un riesgo real. Los depredadores pueden aparecer en cualquier momento, y el pastor debe decidir entre protegerse a sí mismo o al rebaño.

   Ese detalle es significativo: el pastor permanece cuando llega el peligro. David aprendió a cuidar de vidas frágiles y vulnerables, y Dios utilizó esto como preparación para algo mucho mayor. Un día, él pastorearía con ese mismo valor y constancia al pueblo entero.

  " Samuel tomó entonces el cuerno en donde llevaba el aceite, y lo ungió como rey en presencia de sus hermanos. Y a partir de ese día el espíritu de Señor estuvo sobre David. Después de eso, Samuel regresó a Ramá." (1 Samuel 16:13).

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