Pecado
Durante esta Semana Santa ya hemos contemplado dos verdades esenciales: Dios creó un mundo bueno y su amor por nosotros es profundo. Pero entonces surge una pregunta inevitable: si todo comenzó en bondad y está sostenido por amor, ¿por qué fue necesaria una cruz tan dolorosa?
La respuesta es el pecado.
Es una palabra que incomoda. Preferimos suavizarla, redifinirla o evitarla. Sin embargo, no podemos comprender el evangelio sin enfrentarla. No podemos entender el costo de la cruz sin reconocer qué estaba pagando Jesús. "Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo... y la muerte pasó a toda la humanidad."
El pecado no es simplemente romper reglas. Es la fractura del shalom de Dios. Shalom significa plenitud, armonía, paz profunda, deleite en el orden perfecto del Creador. Así fue diseñado el mundo. Así somos diseñados nosotros para reflejar su bondad y vivir en comunión con él, con los demás y con la creación.
El pecado distorsiona todo eso. Es rebelión contra el gobierno de Dios y la elección de gobernarnos a nosotros mismos. Esa rebelión desintegra el shalom. Nos separa de Dios, que es fuente de vida. Introduce verguenza en nuestro interior. Erosiona la confianza entre nosotros y rompe el equilibrio del mundo que debíamos cuidar.
El resultado es ruptura: en nuestras almas, en nuestras relaciones y en la creación entera.
" Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por medio del pecado entró la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." (Romanos 5:12).
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