Un canto de adoración
Cuando leemos con detenimiento sobre la vida de David, nos encontramos con muchos escenarios: campos, batallas, desiertos y un trono. Sin embargo, hay un hilo muy fino, pero determinante, que los atraviesa a todos: David vive delante de Dios. Y los Salmos son nuestra ventana más clara a esa comunión profunda. No son solo cantos y poesía; son fe latente que nos alcanza aún hoy.
El Salmo 23 es uno de los ejemplos más claros de la vida de David y, aunque es breve, también es muy profundo. Él no comienza hablando de sí mismo. Comienza hablando de Dios: " El Señor es mi pastor." Esa sola frase lo transforma todo. Si Dios es como un Pastor, entonces yo dependo completamente de él. No soy mi propio salvador ni mi propio proveedor. Tampoco estoy abandonado al azar. Si Dios es Pastor, mi valor no se mide por mi desempeño, sino por mi pertenencia al rebaño del Señor.
Observa también que este salmo no promete una vida sin oscuridad. Nos habla de "valles tenebrosos." La fe bíblica no niega la realidad; confía en Dios a pesar de las circunstancias díficiles. Es en ese valle oscuro donde el lenguaje del salmista cambia. David deja de hablar acerca de Dios y empieza a hablar con Dios: "Tú estás a mi lado." La presencia del Señor es lo que afirma el corazón cuando la adversidad nos hace dudar.
David también nos invita a ser honestos. Habla de verdes pastos, pero también de enemigos. De descanso y de amenaza. No se coloca una máscara espiritual; no afirma que este mundo no habrá dolor ni sufrimiento. Él desnuda su alma y habla como un hijo lo hace con su Padre. Eso nos confronta porque muchas veces nos acercamos a Dios solo cuando sentimos que estamos "bien." Pero David nos muestra que el Señor no es solo el Dios de las victorias; es el Dios que nos encuentra en la tormenta.
" El Señor es mi pastor; nada me falta. En campos de verdes pastos me hace descansar; me lleva a arroyos de aguas tranquilas." (Salmo 23:1-2).
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