Doce hombres improbables

     Antes de elegir a los doce discípulos, Jesús pasó toda la noche en oración.

 No fue un gesto simbólico ni un detalle menor. Fue una vigilia larga, silenciosa, delante del Padre. La misión que estaba por comenzar no se decidiría por intuición ni por coneveniencia humana. El futuro de su obra sería confiado a doce vidas concretas, frágiles y profundamente imperfectas.

   Cuando por fin amaneció, Jesús llamó a hombres muy distintos entre sí. Algunos eran pescadores rudos, acostumbrados al trabajo duro y a palabras ásperas. Uno había servido al sistema opresor cobrando impuestos. Otro pertenecía a un movimiento radical contra Roma. Había impulsivos, callados, idealistas, contradictorios. Ninguno parecía una elección obvia.

   Y, sin embargo, fueron ellos los escogidos.

  Jesús no eligió a los hombres más preparados, sino a los más disponibles. No buscó currículos espirituales, sino corazones dispuestos a caminar con él. La diversidad del grupo no fue un problema; formó parte del diseño. En Cristo, personas que jamás habrían convivido encontraron unidad en torno a una sola persona.

   Este pasaje nos confronta con una verdad que incomoda al orgullo y consuela al alma cansada: Jesús no nos llama cuando estamos listos, sino cuando estamos dispuestos. Él no espera que tengamos todo resuelto para seguirlo. Nos llama en medio del proceso, con preguntas, limitaciones y heridas aún abiertas.

   " Por esos días Jesús fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Al llegar el día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apostóles, a saber" (Lucas 6:12-13).

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