El antídoto contra la envidia
La envidia puede ser uno de los pecados más silenciosos y corrosivos del corazón humano. A diferencia de otros pecados, ni siquiera ofrece un momento de verdadero placer; solo amarga el alma. Nace de la comparación constante y de una sospecha profunda: la idea de que Dios quizá es más generoso con otros que con nosotros.
Santiago no suaviza su diagnóstico. Dice que esa actitud no proviene de la sabiduría que proviene de Dios. La llama terrenal, puramente humana e incluso diabólica. ¿Por qué un lenguaje tan fuerte? Porque le envidia se alimenta de una mentira muy antigua: la sospecha de que Dios nos está negando algo bueno.
Pero la Escritura coloca frente a esa amargura una alternativa radical: el contentamiento.
El apóstol Pablo escribió a los Filipenses que había aprendido el secreto para vivir contento en cualquier circunstancia, tanto en la escasez como en la abundancia. No hablaba desde una filosofía de autoayuda n desde una actitud fría y estoica. Cuando dice: " Todo lo puedo en Aquel que me fortalece", confiesa que su seguridad más profunda ha cambiado de lugar. Su identidad ya no dependía de las circunstancias, sino de la presencia constante de Cristo.
" ¿Quién de ustedes es sabio y entendido? Demuéstrelo por su buena conducta, y por medio de actos realizados con la humildad propia de la sabiduría." (Santiago 3:13).
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