El antídoto contra la impaciencia

     Vivimos en una cultura marcada por la prisa. Con frecuencia medimos nuestro valor por lo que producimos y por cuánto logramos avanzar. A esto se suma una idea muy difundida en nuestro tiempo: que le verdadera realización profesional se encuentra cuando afirmamos constantemente nuestro propio yo. La tecnología prometió ahorrarnos tiempo, pero muchas veces ha tenido el efecto contrario. Nos volvemos más acelerados, más ansiosos, y los ritmos más tranquilos de la vida, como una conversación sin apuro, una comida tranquila alrededor de la mesa, se van erosionando poco a poco. En un ambiente así, la paciencia parece una carga pesada. Sentimos que debemos controlar cada detalle para que el futuro no se nos escape de las manos.

  Pero el apóstol Pablo presenta una visión diferente de la vida en Cristo. Nuestra unión en él se convierte en la base de nuestra identidad más profunda. Y desde esa identidad, Pablo nos llama a revestirnos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

   En la Biblia, la paciencia no es simplemente esperar de manera pasiva. Esta palabra transmite la idea de perseverancia y fortaleza contenida. Es la capacidad de soportar las fricciones de la vida y las fallas de los demás sin reaccionar con dureza, confiando en que Dios sigue gobernando sobre todo.

 " Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sean mutuamente tolerantes. Si alguno tiene una queja contra otro, perdónense de la misma manera que Cristo los perdonó." (Colosenses 3:12-13).

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