Cuando el orgullo se rompe

  Naamán tenía todo lo que el mundo valora: poder, reconocimiento, el favor del rey y una vida marcada por el éxito. Sin embargo, había algo que no podía ocultar ni resolver: padecía lepra. Y esa realidad hacía que todo lo demás perdiera sentido.

 Al enterarse de que en Israel había un profeta capaz de sanarlo, decidió ir. Pero fue según su propia lógica: con influencia, con respaldo oficial y con una idea clara de cómo debía ocurrir el milagro. Esperaba una respuesta a la altura de su posición.

 Eliseo no salió a recibirlo. En su lugar, envió a un mensajero con una instrucción sencilla: sumergirse siete veces en el Jordán.

 La reacción de Naamán fue inmediata: enojo. No porque la instrucción fuera díficil, sino porque lo confrontaba directamente. Esperaba ser recibido personalmente y tratado conforme a su posición, con una intervención visible y acorde a su grandeza. En cambio, ni siquiera fue atendido por el profeta, sino por un mensajero, y se le indicó que se sumergiera en el Jordán, un río que, a sus ojos, era inferior a los de su tierra.

" Y Naamán fue a ver a Eliseo, y al llegar a la puerta de su casa se detuvo, con sus caballos y con su carro de guerra. Entonces Eliseo mandó un mensajero a que le dijera: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne volverá a ser como antes era, y quedarás limpio de tu lepra." (2 Reyes 5:9-10).

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