El Dios que da es el Dios que sustenta

   La mujer sunamita vivió una de las experiencias más intensas de la vida: recibir un hijo y, tiempo después, perderlo. Su respuesta a esa pérdida nos enseña que significa acudir a Dios cuando no queda otra opción.

 Era una mujer próspera, generosa y temerosa de Dios, que había ofrecido hospitalidad al profeta Eliseo sin esperar nada a cambio. Al notar que no tenía hijo, Eliseo intercedió por ella, y el Señor le concedió un hijo. Fue un regalo inesperado, una bendición que llegó antes de que ella misma reconociera su necesidad.

 Tiempo después, el niño enfermó y murió. Lo que ella hizo en ese momento fue significativo: fue personalmente en busca de Eliseo, con urgencia, sin delegar la tarea ni detenerse a dar explicaciones. Sabía hacia dónde dirigirse antes de expresar lo que sentía.

 En esta escena hay una profunda honestidad. No se presentó con argumentos ni con respuestas preparadas. Llegó con su dolor, con su pérdida y con la determinación de acercarse a quién podía llevar su situación ante Dios. Y eso fue suficiente.

 Eliseo la acompañó y oró y el niño volvió a la vida. El mismo Dios que había dado esa bendición también era capaz de restaraurla. Esta verdad permanece vigente: las bendiciones que Dios concede no quedan fuera de su alcance. Él es quien da, quien sostiene y quien puede restaurar incluso aquello que parece perdido.

 " Cuando Eliseo llegó a la casa, el niño yacía tendido sobre la cama, sin vida. Entonces Eliseo entró y cerró la puerta tras de sí, y oró al Señor. " (2 Reyes 4:32-33).

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