Tu valor no depende de lo que produces
Nuestra cultura actual, marcada por la productividad constante, nos ha afectado profundamente. Una de las consecuencias más visibles es haber convertido el rendimiento en la medida de nuestro valor. Hemos adoptado esta idea al punto de que una de las primeras preguntas que hacemos cuando conocemos a alguien es: ¿a qué te dedicas? No preguntamos "¿Quién eres?", sino "¿Qué haces?". Esto tiene un impacto profundo. Cuando el valor depende únicamente de lo que producimos, no queda espacio para el error, el cansancio ni la vulnerabilidad humana. La presión es constante y es posible que la estés sintiendo ahora.
Jesús contó una historia que desarma por completo esta forma de pensar.
El hijo pródigo comprende esa lógica porque también la vive. Después de haberlo perdido todo, ensaya un discurso en el que intenta negociar su discurso: " Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros." Él asume que su valor dependerá de su desempeño y que ha descendido por completo.
Pero el padre ya lo ha visto desde lejos. Corre hacia él, sin esperar su explicación.
Ese momento es clave. El abrazo ocurre antes de cualquier palabra. El amor del padre se adelanta al fracaso del hijo, y lo que sigue va más allá del perdón: es una restauración de identidad. El manto, el anillo y las sandalias no son gestos simbólicos menores; son una afirmación de que sigue siendo hijo. El padre no solo lo recibe, sino que afirma que nunca dejó de pertenecerle.
" Y así, se levantó y regresó con su padre. Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y tuvo compasión de él. Corrió entonces, se echó sobre su cuello, y le besó." (Lucas 15:20).
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