Un camino inesperado
Nadie escoge el desierto. Nadie desea despertar con el mar delante, sin salida visible, mientras el temor viene detrás pisándole los talones. Y, sin embargo, muchas veces justamente allí, en el lugar donde se gotan nuestras fuerzas y nuestras respuestas, donde Dios decide revelarse con mayor claridad.
Este pasaje no solo nos habla de un milagro extraordinario; nos deja ver el corazón fiel de Dios. El Señor no abrió el Mar Rojo porque Israel hubiera demostrado valentía, madurez o mérito. Lo abrió porque había dado una promesa y Dios jamás incumple lo que ha dicho. Su fidelidad no depende de la fortaleza de su pueblo, sino de la perfección de su carácter.
Moisés extendió la mano antes de ver cualquier cambio. Este gesto sencillo fue un acto de obediencia en medio de la incertidumbre. No tenía garantías visibles, pero si tenía la palabra de Dios. Y muchas veces así obra el Señor en nosotros: nos pide avanzar no porque ya entendamos todo, sino porque aprender a obedecer es una forma profunda de confiar.
También hay algo hermoso en este relato: Dios no estaba lejos observando desde la distancia. Ya estaba allí, en medio de su pueblo, poniéndose entre ellos y aquello que los amenazaba. Antes de abrir el camino, ya se había hecho presente. Así actúa nuestro Dios: se acerca primero, permanece cerca y luego manifiesta su poder.
" Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo que toda esa noche el mar se retirara por causa de un fuerte viento oriental; eso hizo que las aguas se dividieran y el mar se quedara seco." (Éxodo 14:21).
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