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La vanidad de la juventud

   Cuando somos jóvenes, el tiempo parece abundante.  Pensamos que habrá tiempo para tomar ciertas decisiones, cambiar algunas cosas, acercarnos más a Dios o hacer aquello que sabemos que realmente importa. No necesariamente rechazamos a Dios; simplemente pensamos que podemos dejarlo para después.   Pero Eclesiastés nos dice: "Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud" (Eclesiastés 12:1).   La juventud puede hacernos olvidar que algo sabemos, pero que preferimos no pensar demasiado: nuestras fuerzas no durarán para siempre.  El Maestro utiliza imágenes muy potentes para describir el paso de los años. Habla de manos que tiemblan, cuerpos que se encorvan, ojos que ya no ven como antes y temores que surgen en el camino. No lo hace para que tengamos miedo de envejecer. Simplemente nos recuerda que el tiempo pasa y que nuestro cuerpo también cambia.   Y quizás una de las vanidades de la juventud está precisamente ahí: creer que, porque hoy tenemos ...

La vanidad del conocimiento

    Vivimos en una época en la que podemos aprender casi cualquier cosa en cuestión de segundos. Basta con hacer una búsqueda o preguntarle algo a una inteligencia artificial para tener a nuestra disposición una enorme cantidad de información.    Y eso puede ser algo muy bueno. Dios nos dio una mente para pensar, aprender, descubrir y crecer en sabiduría.  Para saber más no siempre hace que la vida sea más sencilla.  Esto también lo descubrió el Maestro del pasaje de hoy. Se dedicó a "explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo." Quería comprender la vida y llegó a acumular una gran sabiduría y un gran conocimiento.  Sin embargo, cuánto más observaba, más consciente se hacía de todo aquello que no podía resolver.  Por eso escribió: "Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta" (Eclesiastés 1:15).  Hay cosas que podemos estudiar durante años y aun así no comprender completamente. Podemos saber mu...

La vanidad de la belleza

  Es fácil dedicar más tiempo a nuestra apariencia de lo que nos gustaría admitir.  Nos miramos al espejo, nos comparamos con otras personas y pensamos en aquello que quisiéramos cambiar. Y hoy tenemos imágenes delante de nosotros todo el tiempo que, de una u otra manera, nos dicen cómo deberíamos vernos.   Cuidarnos no tiene nada de malo. Tampoco hay nada de malo en apreciar la belleza. Pues Dios creó un mundo lleno de ella.  El problema surge cuando nuestra apariencia comienza a determinar en exceso la manera en que nos vemos a nosotros mismos.  En el pasaje de hoy, Isaías no está hablando específicamente de la belleza física. Está recordándonos algo mucho más amplio sobre nuestra condición humana: somos pasajeros.   " Todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo" (Isaías 40:6).  Una flor puede ser hermosa y, aún así, marchitarse. Su belleza es real, pero no dura para siempre. Isaías utiliza esa imagen justamente para record...

La vanidad de los placeres

   Hay cosas que deseamos durante mucho tiempo porque pensamos que, cuando finalmente las tengamos, nos harán felices.  Y algunas realmente nos hacen felices. El problema es que esa sensación no siempre dura. Lo que antes nos emocionaba se vuelve cotidiano y, después de un tiempo, podemos encontrarnos buscando otra cosa que nos produzca la misma sensación.  Dios nos creó con la capacidad de disfrutar. No hay nada malo en alegrarnos por las cosas buenas que recibimos, por una experiencia que esperábamos o por algo que simplemente nos gusta.   Sin embargo, Juan nos hace una advertencia importante: "No amen al mundo ni nada de lo que hay en él" (1 Juan 2:15).   Con estas palabras, Juan no está diciendo que todo lo que existe en el mundo sea malo. En el versículo siguiente se explica a qué se refiere: "los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida."    Es una advertencia sobre nuestros deseos y el lugar que pueden lleg...

La vanidad de las posesiones

    A todos nos preocupa, en cierta medida, tener suficiente.  Queremos cubrir nuestras necesidades, cuidar de nuestra familia y sentir cierta tranquilidad al pensar en el futuro. Por eso trabajamos, ahorramos y hacemos planes. Y no hay nada malo en hacerlo.  El problema aparece cuando comenzamos a creer que tener más también implica estar más seguros.   En el pasaje de hoy, un hombre se acercó a Jesús por un problema con una herencia. Pero Jesús no entró en la discusión sobre cuánto le correspondía. En cambio, hizo una advertencia: "¡Tengan cuidado! (...) La vida de una persona no depende de la abundancia de los bienes" (Lucas 12:15).  Entonces contó la historia de un hombre rico que había tenido una cosecha extraordinaria. Tenía tanto que decidió derribar sus graneros y construir otros más grandes.   Hasta ahí, podría parecer simplemente una buena decisión. Pero después escuchamos lo que este hombre se dice a sí mismo: tenía bienes suficientes para m...

El invitado misterioso

   Durante esta semana, hemos acompañado a Jesús en distintos eventos importantes de su ministerio. Ayer estuvimos con sus discípulos en la última cena antes de su crucifixión, y hoy seremos invitados a la primera cena después de su resurrección.  En este relato, dos seguidores de Jesús viajaban fuera de la ciudad hacia un pueblo llamado Emaús. Los últimos días habían sido muy complicados y difíciles de procesar para ellos, pues su Maestro había sido crucificado y todo parecía incierto, así que ambos intercambiaban opiniones sobre lo que sucedería sin Jesús cerca de ellos.  De repente, un hombre misterioso apareció en su camino y se unió a ellos. Los hombres no vieron ningún inconveniente con él en su trayecto, así que lo integraron en su charla. Había algo en esa persona que les parecía fascinante, pero sin reparar mucho en ello, continuaron su camino. Llegada la noche, al acercarse a Emaús, invitaron a su acompañante a cenar con ellos y fue hasta ese momento cuando...

La última cena

   Durante esta semana de comidas, almuerzos y picnics, nos hemos relacionado con todo tipo de personas con las que hemos compartido algo en común, además de los alimentos, es decir, el deseo de conocer más al Señor. Sin embargo, todo lo que hemos vivido al lado de Jesús y sus discípulos nos prepararon, tal vez sin saberlo, para este momento: la última cena. Esta es la comida más significativa que compartiremos junto al maestro y sus discípulos en la mesa, así que toma asiento y presta atención a lo que está por suceder.  La última cena es el acontecimiento que antecede el camino de Jesús hacia la cruz. Sus discípulos están reunidos con él pero de alguna manera, saben que algo está por suceder esa noche. Mientras el Señor parte el pan y vierte el vino, todos se dan cuenta de que hay algo diferente en este encuentro y que sus presentimientos eran reales: no es sólo una comida entre amigos, sino un momento de profundo significado.  Es entonces cuando Jesús les revela a...