La vanidad de los placeres

   Hay cosas que deseamos durante mucho tiempo porque pensamos que, cuando finalmente las tengamos, nos harán felices.

 Y algunas realmente nos hacen felices. El problema es que esa sensación no siempre dura. Lo que antes nos emocionaba se vuelve cotidiano y, después de un tiempo, podemos encontrarnos buscando otra cosa que nos produzca la misma sensación.

 Dios nos creó con la capacidad de disfrutar. No hay nada malo en alegrarnos por las cosas buenas que recibimos, por una experiencia que esperábamos o por algo que simplemente nos gusta.

  Sin embargo, Juan nos hace una advertencia importante: "No amen al mundo ni nada de lo que hay en él" (1 Juan 2:15).

  Con estas palabras, Juan no está diciendo que todo lo que existe en el mundo sea malo. En el versículo siguiente se explica a qué se refiere: "los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida." 

  Es una advertencia sobre nuestros deseos y el lugar que pueden llegar a ocupar. Porque algo que disfrutamos puede empezar a dominar nuestra atención. Podemos pensar cada vez más en tenerlo, repetirlo o conseguir un poco más. Y, sin darnos cuenta, terminamos buscando satisfacción en algo que nunca fue capaz de sostenerla.

  " No amen al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, es decir, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus deseos pasan: pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre." (1 Juan 2:15-17).

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