La vanidad de la belleza

  Es fácil dedicar más tiempo a nuestra apariencia de lo que nos gustaría admitir.

 Nos miramos al espejo, nos comparamos con otras personas y pensamos en aquello que quisiéramos cambiar. Y hoy tenemos imágenes delante de nosotros todo el tiempo que, de una u otra manera, nos dicen cómo deberíamos vernos.

  Cuidarnos no tiene nada de malo. Tampoco hay nada de malo en apreciar la belleza. Pues Dios creó un mundo lleno de ella.

 El problema surge cuando nuestra apariencia comienza a determinar en exceso la manera en que nos vemos a nosotros mismos.

 En el pasaje de hoy, Isaías no está hablando específicamente de la belleza física. Está recordándonos algo mucho más amplio sobre nuestra condición humana: somos pasajeros.

  " Todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo" (Isaías 40:6).

 Una flor puede ser hermosa y, aún así, marchitarse. Su belleza es real, pero no dura para siempre. Isaías utiliza esa imagen justamente para recordarnos que también nosotros cambiamos y que muchas de las cosas que hoy parecen tan importantes algún día pasarán.

 " Si, la hierba se seca, y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. " (Isaías 40:8).

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