La fe que nos sostiene
Hay algo profundamente significativo en esta escena: un profeta solo, escondido junto a un arroyo, sostenido por medios inesperados. No es la imagen que normalmente asociamos con una vida de servicio a Dios y, sin embargo, es precisamente allí donde su fidelidad se hace evidente.
Elías había hablado con firmeza ante el rey, confiando plenamente en la palabra de Dios. No fue una reacción impulsiva, sino una expresión de fe. Él creía en el Dios que lo había llamado y en la certeza de lo que había dicho.
Después de ese momento, Dios no lo llevó a un lugar visible ni seguro según los criterios humanos. Lo llevó a esconderse. Y en ese lugar, lejos de la atención y del movimiento, lo sostuvo de manera inesperada.
Este pasaje nos recuerda que la fe no depende las condiciones externas. No se afirma en lo que vemos, sino en quién es Dios. Elías no descansaba en las circunstancias, sino en el cáracter de Aquel que había hablado.
La fe que la palabra de Dios forma en nosotros es así: firme y constante, incluso cuando las señales parecen mínimas. Es una fe que reconoce la presencia de Dios también en lo cotidiano, en lo sencillo, en aquello que no parece extraordinario.
" Además, la palabra del Señor vino a Elías y le dijo: Sal de este lugar y vete al oriente; escóndete allí, cerca del arroyo de Querit, frente al río Jordán. Saciarás tu sed en el arroyo, y ya he mandado a los cuervos que te lleven de comer." (1 Reyes 17:2-4).
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