Traicionado y vendido
¿Alguna ve alguien en quien confiabas te ha herido profundamente?
Quizá fue un amigo que te dio la espalda, una persona que rompió una promesa o alguien de tu propia familia que te decepcionó cuando más necesitabas su apoyo. Las heridas causadas por quienes amamos suelen ser las que más tardan en sanar.
José conoció ese dolor. Sus propios hermanos, quienes debían cuidarlo, decidieron deshacerse de él. Primero pensaron en quitarle la vida, luego lo arrojaron a una cisterna y, finalmente, lo vendieron como si su vida no tuviera ningún valor, Imagina por un momento lo que José debió sentir. Las mismas personas que debían protegerlo fueron quienes lo traicionaron.
Tal vez tú también cargas con una herida que aún no termina de cicatrizar. Si es así, no intentes esconderla de Dios. Él conoce tu dolor y no es indiferente a tus lágrimas.
Pero la historia de José no termina con la traición.
Aunque sus hermanos lo abandonaron, Dios nunca dejó de estar con él. Lo que parecía el final de todos sus sueños era, en realidad, el comienzo de un propósito aún mayor. Sin aprobar la maldad de quienes lo traicionaron, Dios siguió obrando para transformar aquel dolor en un instrumento de salvación.
"Cuando los mercaderes madianitas pasaron por allí, ellos sacaron del pozo a José y lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata. Y ellos se llevaron a José a Egipto." (Génesis 37: 28).
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