El Dios que se arrodilló

     Hay una imagen en el pasaje de hoy que debería detenernos: el Dios que sostiene todas las cosas se arrodilló para lavar los pies cubiertos de polvo.

 Juan, en el pasaje de hoy, nos cuenta que Jesús sabía que su hora había llegado. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas bajo su autoridad, sabía de dónde venía y también sabía adónde regresaría.

 Y justo después de recordarnos quién es Jesús, Juan nos muestra lo que hizo: se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se arrodilló.

 En aquella época, lavar los pies era una de las tareas más humildes de la casa. Ninguno de los discípulos había querido ocupar ese lugar. Ellos conocían bien las discusiones sobre quien sería el mayor. Mientras pensaban en posiciones de honor, Jesús escogió el lugar del siervo.

 El contraste es asombroso. El único que tenía razones para reclamar el lugar más alto eligió descender; y lo hizo sabiendo perfectamente quién era.

 La humildad de Jesús no nació de pensar menos de sí mismo. Nació de no tener que demostrar su grandeza. Su identidad estaba segura en el Padre, por eso podía inclinarse, servir y amar sin buscar reconocimiento.

 " Jesús, que sabía que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, y que había salido de Dios, y que a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la sujetó a la cintura; luego puso agua en un recipiente y comenzó a lavar los pies de los discípulos, para luego secárselos con la toalla que llevaba en la cintura." (Juan 13:3-5).

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