El valor de mantenerse firme
Hacer lo correcto no siempre es lo más fácil.
Hay momentos en los que guardar silencio parece más seguro, ceder resulta más cómodo y adaptarnos a lo que todos esperan puede evitarnos problemas. Es precisamente allí donde descubrimos cuánto pesan realmente nuestras convicciones.
Jesús conoció esa tensión.
Cuando entró en el templo, encontró un lugar destinado a la adoración convertido en un espacio en el que el comercio y los intereses humanos habían desplazado su verdadero propósito. La casa que debía ser "casa de oración para todas las naciones" había sido convertida en "cueva de ladrones."
Jesús no miró hacia otro lado y expulsó a quienes compraban y vendían, volcó las mesas de los cambistas y confrontó abiertamente lo que estaba sucediendo.
Pero hay algo importante que debemos comprender: Jesús no actuó movido por un enojo descontrolado ni por la necesidad de imponerse. Su firmeza se originaba en su amor por el Padre y en su compromiso absoluto con la verdad.
Esa diferencia importa porque podemos confundir fácilmente la valentía con la dureza. Podemos levantar la voz, defender nuestra opinión y aun así, estar defendiendo únicamente nuestro orgullo.
" Llegaron a Jerusalén. Y al entrar Jesús en el templo comenzó a echar de allí a los que vendían y compraban en su interior. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, y no permitía que nadie atravesara el templo llevando algún utensilio; más bien, les enseñaba y les decía: ¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? ¡Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones!" (Marcos 11:15-17).
Comentarios
Publicar un comentario