Si te sientes sin esperanza

  Hay temporadas en las que la vida se siente como arena movediza. Aquello que parecía firme comienza a ceder bajo nuestros pies y, entre malas noticias, preocupaciones económicas, desastres naturales y la incertidumbre del futuro, podemos llegar a preguntarnos si todavía queda algo seguro a lo que aferrarnos.

  Quizá por eso hablamos tanto de esperanza. Esperamos que las cosas mejoren; que llegue una respuesta; que alguien que amamos se recupere. Pero muchas veces llamamos "esperanza" a lo que, en realidad, es un deseo: queremos que suceda algo que no podemos controlar. Y cuando no sucede, nuestro corazón se desalienta.

  La esperanza de la que habla la Biblia es totalmente diferente. 

 En el pasaje de hoy, Pablo nos lleva hasta Abraham, un hombre a quien Dios prometió una descendencia cuando, humanamente, ya no parecía posible. Abraham conocía su realidad. Sabía que su cuerpo había envejecido y que Sara no podía tener hijos. Su fe no consistió en negar lo imposible. Y aun así, "contra toda esperanza, creyó y esperó." 

 ¿Por qué? Porque su esperanza no descansaba en sus circunstancias, sino en el Dios que había hecho la promesa.

 Ahí está la gran diferencia. La esperanza que ponemos en las circunstancias puede desaparecer cuando estas cambian. La esperanza puesta en Dios permanece porque él no cambia. Él es "el Dios de la esperanza" y la Escritura dice que la esperanza que tenemos en él es "un ancla del alma, firme y segura."

  " Contra toda esperanza, Abrahán creyó para llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia." (Romanos 4:18).

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